miércoles, 3 de junio de 2026

En equilibrio por la ciudad

Aguardaba el colectivo parada bajo el farol, apoyada levemente contra el poste, aguantando el peso de la mochila en un solo hombro y mirando atenta contra el tránsito. Las luces pasaban raudas desgarrando la noche sin aminorar la marcha; al cabo de un rato que le pareció una eternidad, el interno 2569 de la línea 50 acercó la carrocería al cordón, con un soplido abrió la puerta para que Elisa pueda entrar buscar una butaca y sentarse al fin después de un día tremendamente agotador.

El recorrido duró casi lo mismo de siempre, más o menos unos diecisiete minutos. Lo extraordinario de ese día fue que el semáforo de la esquina de Albarracín con la avenida Luro no funcionaba, estaba en intermitente por lo que el cruce fue dificultoso ya que ninguno de los automovilistas quería ceder el paso. Llegó a su casa apenas pasadas las once de la noche, con el manojo de llaves abrió las cinco diferentes cerraduras mientas que desactivaba la alarma que protegía su departamento. Nada lujoso, nada llamativo pero confortable y seguro. Tenía que serlo, seguro y discreto. No podía hacer nada que la hiciera destacar, debía ser invisible; la puerta de madera cumplía con ese requisito, las cortinas ocultaban sutilmente lo que ocurría dentro.

De la mochila sacó varios paquetes de dólares, dos cargadores vacíos de su pistola SIG Sauer M18, un silenciador, un par de guantes, algunos controles electrónicos, inhibidores de sensores y láseres, un rollo de cuerda negra de poliester y una bolsita de tela negra en la que había 3 diamantes rosas, uno de ellos engarzado en un enorme anillo. Del bolsillo de su campera sacó las vainas servidas, otro par de guantes usados y una tarjeta de acceso corporativo a nombre de una tal Cynthia, que seguramente mañana tendrá que dar algunas explicaciones. El trabajo había salido bien, no tan limpio como hubiera querido, hubo algún que otro herido, pero el objetivo estaba cumplido.

Dejó todo arriba de la mesa, prendió la televisión, y puso el agua para preparar unos mates. Fue a su dormitorio, abrió una puerta corrediza ubicada frente a su enorme cama y de allí sacó una preciosa bata rosa pálido de seda china. Se sacó el pantalón, la chaquetilla y la camisa, se desabrochó el corpiño y lo tiró al piso; se miró fugazmente en el espejo dejando brillar la penumbra nocturna sobre sus pechos. En ese instante, percibió una leve sombra; se puso en estado de alerta inmediatamente pero no dejó que ningún movimiento la delate. Terminó de ponerse la bata, fue a la cocina, apagó el agua ya hirviendo, tomó la pistola con el silenciador, la recargó y con un movimiento felino la apuntó hacia la puerta del baño.