martes, 28 de julio de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [3]

 OIDO

Subiendo la cuesta de la avenida, sintió frío. Se abrazó a las solapas del sacón con las manos enguantadas pensando que aunque apurara el paso ya estaba llegando tarde a la oficina. De repente, una melodía apenas audible la sacudió. En realidad sacudió sus recuerdos. Aquella romántica canción, sutiles acordes que la transportaron al pasado.

Se vio jovencísima, en un boliche con las paredes espejadas, una barra larga y generosa en tragos, un puente sobre la pista y unos mullidos y tentadores reservados al fondo del pasillo. Estaba bailando aferrada a la cintura de quien esa noche le haría conocer el amor, ese placer mezclado con dolor, ese cautiverio que te hace sentir libre.

Siguió caminando a pasos veloces, mirando atentamente la ventana por la cual había salido esa música. Al llegar a la esquina, se detuvo en el cordón de la vereda, esperando el rojo que detenga la marea motor y desata la marea humana. Frenó a su lado un taxi para finalizar el viaje de su pasajero; del estéreo salían unos compases melancólicos que cambiaron el ritmo de sus pensamientos.

Con los ojos abiertos, soñó con su abuelo, de chaleco raído, bigote amarillo por la nicotina y ojos entornados, abandonado al ritmo de una surera melancólica. Ella lo miraba desde la mesa del comedor, pensando en lo misterioso que parecía con la pipa en la boca.

Llegó agotada a la puerta de la oficina. Pero se sintió bien, reconfortada. Traspuso el umbral, fichó en el reloj con la tarjeta magnética y escuchó con una mueca en su rostro la música ambiental apenas distinguible del murmullo humano...

martes, 7 de julio de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [2]

 TACTO


Las calles de la ciudad son ásperas: el asfalto es viejo, se ven aflorar los cantos rodados y tiene algunos baches y aquellas que están hechas con cemento, ésas de color gris, algunas son lisas y otras no tanto, aunque todas tienen rajaduras y hacen que mis pies descalzos sangren y cuando eso pasa me voy hasta una plaza o un bulevar y me paro en el césped, que es fresco y suave. Mi casa es una caja de cartón y está percudida de tanto sol y tanta lluvia, aunque ahora hace un tiempo que lo que me preocupa es el frío. A veces miro hacia fuera y pasa gente y la quiero tocar, sentir cómo se siente caminar erguido y que la ropa esté limpia y esponjosa. Y me gustaría sentir esa sensación de suavidad en la piel, esas telas raras para mí, ese roce casi simpático del sintético que genera estática y eriza los pelitos del antebrazo… Pero sé que el sólo pensar que yo los pueda tocar, con mi mugre y mis microbios, ya les da asco.
Y no puedo dejar de recordar que alguna vez mis manos cubiertas ahora de sabañones acariciaron tersas pieles de porcelana, cabelleras perfumadas y nalgas ansiosas de mujeres imposibles. La excelsa calidad del cristal en una copa, la tersura de la tela del cortinado. Me empeño en rememorar esas curvas, esas humedades y no dejan de ser pasado, una piel ajena que nunca me perteneció, agónica seda y desesperado algodón. Esos recuerdos mueren de inmediato al sentir la cachetada de la helada matutina en la cara, como castigo por haberme atrevido a tocarlas y me contento con el saber que abajo mío tengo un par de ediciones de la sexta para que la tierra y el frío no se me colen entre el pantalón.