Soñando el sueño soñado

>> jueves, 21 de enero de 2016

En el final oscuro y silencioso de un día extremadamente ocupado, recosté mi exhausto cuerpo en relativa posición horizontal como premio por la actividad realizada y cerré los ojos queriendo potenciar el estado de inerte relajación que mis extremidades ya sentían.
Y me dormí.
Y así soñé que tenía alas, que podía moverme con eterna libertad en un espacio sin fronteras; allí había miles de seres que no se diferenciaban unos de los otros sino por sonidos muy agradables.
Soñé una cúpula grandiosa que protegía todo el entorno y puertas que se abrían dejando entrar una nueva brisa; en el centro una fuente surtía incansable a quien quisiera servirse un potaje de efecto desconocido.
Allí a la sombra de un muro me reconocí con los ojos cerrados, soñando.
Y pude ver en mi sueño, lo que soñaba.
El personaje soñado soñaba que los sueños de todos se cumplían, sin excepción. Aunque inmediatamente soñó que se despertaba, al tiempo que abría los ojos y me miraba fijo.

De golpe, sentí que me tomaban del hombro y que me llamaban a cenar.

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Tiempo en edición

>> viernes, 25 de diciembre de 2015

Hace un infernal calor que aplasta; los ruidos en la claridad de la tarde parecieran ser más nítidos aunque diría que el silencio es aún más ensordecedor, más puro y por eso mismo más plácido. Y mirando por la ventana tengo tiempo de pensar, poner la cabeza en foco y dejarla fluir sin restricciones.
Es que uno, sumido en la velocidad cotidiana, en los compromisos urgentes, en las nimiedades y detalles superfluos, no se hace una pausa para reflexionar. No hace falta mucho tiempo, solo unos momentos serán suficientes -me dije y puse el tipo de música que me empuja el alma hacia ese camino sinuoso que es la introspección- tiempo invertido para que el sueño no se haga pesadilla.
De pronto mi mirada se desvía hacia el televisor, prendido en mute, y miro que están dando "Hechizo del tiempo" y así un poco es la vida, repetimos conscientemente un día tras otro, tal vez con mínimas variaciones, pero si no nos damos cuenta de atesorar lo que nos ocurre y aprender de lo acontecido, no habrá valido la pena, y el "Tú estás aquí y yo estoy aquí" adquiere otra dimensión, otro valor.
Vuelvo al balcón a ver cómo el tiempo se desliza bajo la luz inclemente del sol furibundo, sospecho un apuro en un caminante arrastrado por su mascota, intuyo el ánimo exaltado de dos jóvenes y pienso que ese tiempo ya pasó para mi y para mucha gente y habrá de ocurrir para otros muchos. Y no. Pasamos nosotros, nos sumergimos en el calendario cada vez más hondo, más profundo, mientras el tiempo simplemente es.
Las heridas encuentran su fin cuando las hojas del almanaque se acumulan de a decenas, desaparecen las marcas y queda la enseñanza. Las heridas nos dicen que crecimos, que somos capaces de superarnos, de avanzar. Y en esa dimensión, el tiempo es otro ingrediente, un plano que hasta no hace mucho era ignorado. Y es ahora que me doy cuenta que no hay nada que hacer, solo vivir.
Momento de silencio. Tiempo, pido gancho. Si pidiéramos recuperar todos esos minutos/horas perdidos, todo ese tiempo desperdiciado en inútiles peleas, en agravios gratuitos, en declaraciones pomposas, en filas infinitas, supongo que encontraríamos otras formas más elegantes de gastarlo. Es el destino final del tiempo, escurrirse intangible por entre los dedos como arena marina como lo hace por el ínfimo cuello del reloj de arena. 
No importa lo que te aqueje, lo que te haya pasado, lo que te atormente. Todo eso y todo lo demás encontrará resolución con el tiempo.

Tiempo de finalizar este desvarío ha llegado, dijo el Maestro Yoda, no sin antes entornar levemente sus párpados y menear graciosamente sus orejas.

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La memoria y su universo paralelo

>> viernes, 18 de diciembre de 2015


Viste como es la memoria, que reconstruye sus recuerdos en forma caprichosa, y ya uno no sabe qué tanto de cierto y qué tanto de imaginación hay en ella, por lo tanto no sé si esta historia es real. Lo que yo guardo desde ese momento sí lo es.
Lo que sí es cierto es que era de tarde, que era una casa blanca de mitad de cuadra, un living pequeño y unos sillones de cuerina con un detalle en madera que los hacían únicos en su tipo. Y en él había unas cuatro o cinco personas, unos adolescentes perdidos y una niña llorosa, hipando sin consuelo.
La llamada de la mamá había sido una sorpresa. Es que uno no se da cuenta de cómo impacta en las personas (por lo menos hasta que no te cachetean a vos) y ciertas entronizaciones infantiles causan eso, sorpresa. Yo no sabía qué era lo que hacía ahí. Esa niñita pertenecía a nuestro grupo, pensé que tal vez necesitaba ayuda en alguna materia en el colegio o estaba haciendo un proyecto en el que la fuerza masculina era menester.
La niña seguía llorando, ahora con un poco de vergüenza. Se notaba el orgullo herido de aquella que está acostumbrada al triunfo, confiada en sus facultades y segura del esfuerzo realizado. Ante cada palabra de consuelo, reaccionaba como si le clavaran un puñal pues le recordaban el fracaso reciente, para ella una cosa improbable.
La tarde fue pasando, entre el mate y alguna cosa para comer que la mamá ponía sobre la mesa. El murmullo reemplazó al silencio, el llanto de a poco desapareció y creo que algún adolescente también. No recuerdo ninguna palabra que pueda yo haber dicho para aportar a la solución del problema aunque dicen que mi aporte fue importante. Al final del día, eso no creo que sea relevante. Lo que sí estoy seguro es que no hubo ningún otro momento como éste que pudiera denominarse fundacional, que le iguale en tensión y emoción, que marque tan nítidamente a (por lo menos) una persona.
La memoria es una traicionera amiga que te hace creer que a vos te sucedieron esas cosas, cosas que pasan en mejores vidas y a mejores personas. Aunque estoy casi seguro que esta vez me paso a mi. 

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