Pesadumbres

>> domingo, 2 de julio de 2017

A la luz de la luna suceden los hechos. El satélite es testigo tanto de las más atroces faenas como de las escenas más románticas que la imaginación pueda recrear.
Saltar los escombros sin pensar qué habrá en la superficie de aterrizaje. Sin medir las consecuencias, sin pensar que el filo realmente nos hará daño en la piel. Solamente saltar, ir hacia adelante, avanzar y dejar que la oscuridad nocturna cobije lo que queda detrás.
Se siente como si una nube se estacionara sobre tu entendimiento, como si una niebla húmeda y pegajosa se instalara entre tus deseos y tu motricidad, dejándote sin norte, sin guía. Y entonces tu instinto se hace cargo, las pulsiones gobiernan por sobre la cordura y el sentido común es espectador de las barbaridades que solo los salvajes harían por garantizar su supervivencia.
Cerrar la puerta y mirar de cerca con la nariz pegada a la madera todo aquello que dejamos fuera; humedecer el barniz con nuestro aliento seguros de sentirnos a salvo aunque sea hasta el amanecer. Refugiarnos tras una taza de café ardiente, con los auriculares sobre nuestros oídos, aislar la realidad lo más posible a una mínima fantasía con límites cercanos, separar la miseria de la noche humana de lo ideal y rescatar la memoria del foso inmundo en el que había caído.
Corremos entonces las cortinas, dejamos fuera los gritos con un tenue hilo musical y oscurecemos aún mas el alma con el reóstato de la nostalgia.
Afuera, los fantasmas muerden insistentemente el tallo de las begonias; saben que alguien saldrá a mirar y entonces si...

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Unión

>> domingo, 11 de diciembre de 2016

En mi última noche decidí que no quería pasarla en soledad. Regresé a la habitación, me duché y salí a buscarla. La había visto hacía ya nos días al borde de la pileta, hablando con unos turistas canadienses. Después de eso, me acerqué y logré hablar con ella un par de veces, de nada en particular aunque mi mirada le decía inequívocamente lo que pensaba, lo que quería. Me senté junto a ella en el bar, acerqué mi boca a su oreja y le hablé sin rodeos. Ella me miró con sus ojos brillantes, introdujo su mano por debajo de mi camisa y me quemó con su piel, sin decir una palabra.
No perdimos ni un segundo más de tiempo.
Llegamos a tientas hasta la puerta de la habitación de tan absortos que estábamos en explorarnos los cuellos. Su aroma caribeño me intoxicaba, sus labios me inyectaban adrenalina, sus dedos al tocarme me producían descargas eléctricas.
No llegamos a la cama, caímos al suelo y rodamos en un tobogán infinito de placeres carnales y extasis...

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Reunión

>> sábado, 10 de diciembre de 2016

Amanece temprano. Es decir, sale el sol y aclara con sus rayos el claro de la arena y el turquesa del mar. Que no quiere decir que porque amanezca temprano uno deba levantarse de la cama. Aún hay tiempo, me dije y volví a abrazarte la cintura.

Tu piel me hizo estremecer. Cuando acerqué mi cara a tu espalda y pude así sentir ese aroma bestial de mujer mi decisión se tornó aún más clara. Allí, al borde de la playa, la escena podría parecer idílica, y de verdad lo era. Pero era aún mas trascendental.
Suavemente me deslicé fuera de la cama, fui al baño, me vestí lentamente y con desgano. Las cortinas se mecían al son de la brisa caribeña. Las copas con vestigios en su interior daban cuenta de lo ocurrido la noche anterior, al igual que ciertas prendas desperdigadas por el suelo de la habitación y la silla tumbada al pie del lecho compartido.
Apenas tu pecho se levantaba, suave ritmo que hipnotiza. Apenas tus pies cubiertos por el borde de la sábana, apenas tu vórtice protegido por tus piernas no menos acariciadas.
Busqué con la mirada la puerta, me di vuelta una última vez y salí sin hacer ruido. El avión que salía esa tarde nos daría una excusa para reencontrarnos en alguna otra ocasión.

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