TACTO
martes, 7 de julio de 2026
Percibiendo la ciudad con los sentidos [2]
jueves, 18 de junio de 2026
Percibiendo la ciudad con los sentidos [1]
VISTA
jueves, 11 de junio de 2026
Trámites
Entré a un salón muy iluminado, de paredes blancas y cielo raso del mismo color. Había cuatro o cinco filas de asientos, algunos contra la pared lateral, otras acomodados unos frente a otros; casi todos estaban ya ocupados. La mayoría de los que estaban allí eran hombres, con la excepción de dos o tres mujeres sentadas todas en un rincón. Había un tótem a la izquierda de la puerta en la que se podía sacar un papel en el que se indicaba el turno. Suspendido en un soporte negro, un televisor anunciaba el número ganador.
Más al fondo había un largo mostrador de melamina gris, un poco más alto que una barra de bar, tras el cual se apostaban tres secretarias con cara de muy pocos amigos, yo diría que casi ninguno. Ninguna miraba a la cara al paciente que estaban atendiendo, seguramente lo que aparecía en la pantalla de su monitor era más importante. El tono monocorde de las voces confirmaba que nada de lo que se decía allí era de su particular interés.
Sumido en mis pensamientos, me senté casi al lado de la puerta, con el número en la mano y la pantalla a la vista. Los rostros mezclaban la somnolencia normal de la madrugada, la fatiga crónica de quienes deambulan la calle en busca de oportunidades y el desamparo de quienes están a punto de abandonar. Apenas un murmullo de voces apagadas matizaba el zumbido de las impresoras que sin cesar sacaban formularios infinitos y fichas personales con datos que muchos querían dejar sin saber.
Al cabo de lo que pareció una eternidad, vi mi número. Me paré con fingida seguridad y me acerqué al mostrador. Las típicas preguntas, esas que te hacen cuando ya saben las respuestas y solamente buscan que las confirmes, algunas cosas realmente no me las acordaba pero era claro que no las podía negar, sumado a mis datos personales, todo eso fue a parar a la memoria del aparato. Este proceso me permitió ver las larguísimas uñas de la secretaria, su cabello rojo furioso y un portalápices vacío excepto por una lapicera y una regla pequeña. El silencio incómodo se prolongó por un par de minutos más hasta que me indicó una puerta por la que sería llamado.
Arriba, mi cuerpo inerte, aún tibio esperaba sin vida bajo el camión que me atropelló. La ambulancia venía algo demorada por el tránsito. El ingreso al infierno no puede parecerse más a un mostrador público. Increíble.
miércoles, 3 de junio de 2026
En equilibrio por la ciudad
Aguardaba el colectivo parada bajo el farol, apoyada levemente contra el poste, aguantando el peso de la mochila en un solo hombro y mirando atenta contra el tránsito. Las luces pasaban raudas desgarrando la noche sin aminorar la marcha; al cabo de un rato que le pareció una eternidad, el interno 2569 de la línea 50 acercó la carrocería al cordón, con un soplido abrió la puerta para que Elisa pueda entrar buscar una butaca y sentarse al fin después de un día tremendamente agotador.
El recorrido duró casi lo mismo de siempre, más o menos unos diecisiete minutos. Lo extraordinario de ese día fue que el semáforo de la esquina de Albarracín con la avenida Luro no funcionaba, estaba en intermitente por lo que el cruce fue dificultoso ya que ninguno de los automovilistas quería ceder el paso. Llegó a su casa apenas pasadas las once de la noche, con el manojo de llaves abrió las cinco diferentes cerraduras mientas que desactivaba la alarma que protegía su departamento. Nada lujoso, nada llamativo pero confortable y seguro. Tenía que serlo, seguro y discreto. No podía hacer nada que la hiciera destacar, debía ser invisible; la puerta de madera cumplía con ese requisito, las cortinas ocultaban sutilmente lo que ocurría dentro.
De la mochila sacó varios paquetes de dólares, dos cargadores vacíos de su pistola SIG Sauer M18, un silenciador, un par de guantes, algunos controles electrónicos, inhibidores de sensores y láseres, un rollo de cuerda negra de poliester y una bolsita de tela negra en la que había 3 diamantes rosas, uno de ellos engarzado en un enorme anillo. Del bolsillo de su campera sacó las vainas servidas, otro par de guantes usados y una tarjeta de acceso corporativo a nombre de una tal Cynthia, que seguramente mañana tendrá que dar algunas explicaciones. El trabajo había salido bien, no tan limpio como hubiera querido, hubo algún que otro herido, pero el objetivo estaba cumplido.
Dejó todo arriba de la mesa, prendió la televisión, y puso el agua para preparar unos mates. Fue a su dormitorio, abrió una puerta corrediza ubicada frente a su enorme cama y de allí sacó una preciosa bata rosa pálido de seda china. Se sacó el pantalón, la chaquetilla y la camisa, se desabrochó el corpiño y lo tiró al piso; se miró fugazmente en el espejo dejando brillar la penumbra nocturna sobre sus pechos. En ese instante, percibió una leve sombra; se puso en estado de alerta inmediatamente pero no dejó que ningún movimiento la delate. Terminó de ponerse la bata, fue a la cocina, apagó el agua ya hirviendo, tomó la pistola con el silenciador, la recargó y con un movimiento felino la apuntó hacia la puerta del baño.
viernes, 22 de mayo de 2026
Blues en blanco y negro
martes, 5 de mayo de 2026
La vida privada de las acciones
jueves, 30 de abril de 2026
Penumbra
viernes, 17 de abril de 2026
Control
Lo miré enojado porque nunca me escuchaba cuando le hablaba, le dije que todo era para mejorar, que cualquier cosa que hiciera, tenía que estar en control. Esa era la base de todo, tomar las propias decisiones. No podía ser, no era justo que su supervisor infringiera una y otra vez las reglas del juego y siempre a costa de él. Lo dejé reflexionando; me fui, ofendido y disgustado porque siempre hace lo que le parece, lo que me hace pensar que es inútil expresarle mis opiniones. Siempre era lo mismo cada vez que nos veíamos, se embarcaba en una descripción frenética de lo acontecido en el último tiempo, que bien podían ser dos días o dos meses. Y a uno siempre se le ocurrían miles de comentarios que él metódicamente ignoraba una y otra vez. Tal vez no quería perder el hilo del relato, o no le parecían pertinentes. No le modificaban el punto de vista final, que solía ser apocalíptico.
Al otro día fue como siempre en forma más que puntual a su empleo que lo irritaba sobremanera, marcó el horario de entrada en su tarjeta en el reloj que estaba frente a la puerta de salida de emergencia, fue al camarín a cambiarse de ropa, ponerse la faja de seguridad y los botines punta de acero y se internó en el depósito de mercaderías pensando que ese día sería diferente. Control, control, se repetía una vez tras otra dentro de su cabeza, la palabra que era frase, que se hacía idea. Caminó unos metros hacia el fondo del depósito, era un galpón enorme con deficiente iluminación y atiborrado de mercancías y se ocultó con el firme propósito de empezar a controlar su vida, no sabía cómo pero lo haría. Y estaba en esos rumbos del pensamiento cuando se cruzó inesperadamente con su supervisor, Qué hace acá González, inquirió descortés el hombre a cargo, Nada, recién acabo de entrar y estoy revisando las tareas que hay que hacer, Pues entonces apúrese porque han llegado dos camiones, uno de artículos de limpieza y el otro de gaseosas que hay que descargar, dijo el encargado en forma desagradable. Martín deseó en ese instante tener el valor de tomarlo del cuello, apretarlo lenta pero firme, con las dos manos hechas puños, ver las sucesivas transformaciones que le deformaban el rostro en horribles muecas, los cambios de color y los sentimientos que variaban conforme el aire abandonaba los pulmones, sofocar los gemidos desesperados y mitigar los sonidos que rebotaban y se hacían eco al golpear los botines en el suelo de cemento alisado. Vio cómo la luz se apagaba de los ojos ya inexpresivos, aquellos ojos que lo habían hostigado por tanto tiempo ya no lo molestarían más. Esta recreación lo dejó agotado, le dolían las manos y los hombros e incluso le sangró la nariz, pero se sentía desahogado, liviano, con un confort que nacía en ese lugar que no se puede ubicar dentro del cuerpo y se expandía hacia todos lados, se le notaba en la forma de caminar, iba como flotando, no le costaba ningún esfuerzo trasladarse. Fue al baño a limpiarse, luego se aproximó al portón de acceso de la mercadería y con ayuda de la zorra, ese carro con accionar hidráulico que hay en todos los depósitos, comenzó a bajar pallets de los camiones y así estuvo todo el día, sin que nadie se metiera con él. Se sorprendió a sí mismo entusiasmado, eufórico, independiente; sí, era eso, se sentía libre, sin ataduras, sin compromisos. Se creía capaz de todo, y así lo siguió creyendo de camino a su casa. Desde atrás de las cajas de sidra y pan dulce que se colocarían la semana entrante, los párpados rígidos, abiertos del encargado confirmaban esa idea.
domingo, 29 de marzo de 2026
Ideales en pugna
viernes, 20 de marzo de 2026
Pardos ojos
sábado, 14 de marzo de 2026
Decepción
jueves, 5 de marzo de 2026
Delirium tremens urbano
martes, 13 de enero de 2026
Memento
Era un invierno de esos de pampa húmeda y escarcha por todo el patio, la gramilla crujiente y el césped sufrido. La noche pintaba aburrida, encerrados en el casco del campo, mirando de reojo la añosa biblioteca sabiendo que no habría acción porque sus padres merodeaban como buitres esperando la oportunidad de interrumpir cualquier dudosa aproximación. El fogón del hogar calentaba apenas el living mientras que los dormitorios penaban con pequeños calefactores que daban un miserable calor húmedo.
Cenamos en un silencio apenas entrecortado por la estática de una radio que captaba dos o tres frecuencias con un cuestionable gusto musical. Al final, cuando pensamos que no nos quedaba otra opción que irnos a dormir temprano su hermano contó que salía con unos amigos a un boliche de la zona y nos invitó a ir con él; sin dudarlo enseguida nos cambiamos y frente a la mirada turbia de su padre, nos apretujamos en la cabina de la camioneta.
El viaje de media hora por la ruta solitaria se me hizo corto, la cercanía de su piel me distraía y la expectativa de sacudirme el frío de los huesos hizo que ni me diera cuenta de la incómoda posición en la que estaba. Sentía cosquillas en las piernas, la adrenalina o un calambre, no sé cuál de ellos era el culpable.
Al llegar, olvidamos el frío y entramos a ese mega-lugar bailable a sacudir el cuerpo a ritmo de la música, a pensar que es mejor saltar y mover la cabeza que yacer en un catre solitario, en el medio del campo, bajo una impiadosa helada. Éramos jóvenes y lo demostramos en cada canción, en cada potente abrazo, en cada mirada, en cada ardiente beso.
Teníamos algo único.
Al volver a casa, juré que me quedaría allí por siempre.
Y ese por siempre duró un efímero instante.