Cavilaciones

>> jueves, 21 de febrero de 2013

Profundo y sostenido, desde el alma, con el alma, fue el alarido que el gaucho profirió en medio de la noche oscura.
Había en esta vida muchas cosas que desconocía y por esas no se preocupaba, no era ésa la razón de su pesadilla.
Había en este mundo muchas injusticias, incluso él mismo sufría alguna que otra aunque no lo incomodaba en demasía.
Había también cosas que no entendía y eran estas incomprensiones las que lo desvelaban en las noches calcinadas de la pampa estival.
Escapaban a su entendimiento, por más empeño que le pusiera, por más tiempo que le dedicara a examinar la cuestión, llegaba en cada oportunidad al mismo callejón sin salida de su campera reflexión.
No era limitante su escasa instrucción, sustituida por un agudo sentido de la realidad; no era obstáculo la soledad del horizonte acentuada por la huida de su compañera, siempre encontró predisposición en su perro para auditorio de sus cavilaciones.
Nunca se imaginó que la idea se le hiciera carne y al momento siguiente a su alarido infernal que cortó con filo inapelable el silencio sacro de la noche infinita comprendió su condición de célula, de ser minúsculo en la grandeza de un mundo que lo excluía con firmeza y se perdió en el camino que remontaba la loma del sur rumbo al corazón del monte huraño, quizás para siempre, quizás sumido en sus cavilaciones.

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Yo lo soñé (y me dio escalofríos)

>> viernes, 15 de febrero de 2013

El cielo se ponía cada vez más oscuro, lo normal en un atardecer en cualquier parte del mundo. En lo más profundo del horizonte incluso se podía ver alguna nube que se teñía de rosado y un poco más arriba el lucero vigilante. Ese era el escenario, de fondo, del balcón donde la acción ocurría, inexorable. 
Abajo, en la calle oscilaban las luces furiosas de los autos rozando las indefensas rodillas de los peatones, quienes agitaban sus puños en el aire mientras vociferaban insultos condenatorios. Estos eran los actores secundarios del drama que estaba a punto de ocurrir, tres pisos de altura más arriba.
A ella siempre le llamaron mucho la atención esos puntos luminosos, esas luciérnagas mecánicas que avisaban infalibles el paso del móvil; sus padres usaban esa treta cada vez que el insomnio provocaba la aparición de su mal humor, del llanto mocoso, del hipo estremecedor, del grito penetrante. Frente a los brillantes colores la paz recobraba terreno perdido, la niña abría apenas su pequeña boca extasiada, reconcentrada en perseguir la trayectoria errática y luego, con desesperación, estiraba sus brazos y se empujaba con fuerza como queriendo alcanzar y morder y tocar esa luz.
Y al final, de tanto empujar, de tanto arañar la piel del rostro de sus padres, encontró un escape hacia la libertad, pasó por sobre la baranda a pesar de los esfuerzos por rescatarla y saltó libre hacia esas luces que inscribían su nombre en la oscuridad.

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Otras ciudades [28]

>> lunes, 4 de febrero de 2013

Cinco Saltos (Río Negro)

Cuando la cabeza se aturde por algún tipo de impacto emocional profundo u otro evento que excede la capacidad de comprender, las cosas que suceden suelen ser como un carrusel al que se le desgastan los frenos y empieza a arrastrar a todos los que están encima de él provocando que la visión de todo aquello que está fuera sea borrosa e inexacta.
Cuando el cuerpo no tiene más que magulladuras, cuando lo que ha recolectado han sido golpes en los brazos, las manos y muñecas y una tremenda quemadura por roce en el hombro pero que en comparación no han sido más que pequeñas secuelas, la vida se pone en perspectiva tan rápidamente que uno cree que en cualquier momento se pedirá repetir la escena porque ha salido horrible.
Cuando la noche se abalanza impiadosa sobre los miedos con el solo objetivo de alimentarlos para que ellos, teniendote a su merced indefenso y casi derrotado, no queda más que abrazarse al suelo inhóspito, enterrar la cabeza en las sombras y rogar que el fétido olor a desechos se disperse pronto con la abrasadora brisa veraniega.
Cuando el sol viene a rescatar a la víctima de su castigo, cuando se pone en marcha la maquinaria legal, es el pincipio de una excursión peatonal, una intrépida etapa de planificación paciente y postergación obligada. 
Y es cuando uno agradece mirando fijamente el horizonte.

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