Vida tomada

>> miércoles, 22 de agosto de 2018

Entré sin pensar demasiado en lo que quería, simplemente empujé la puerta porque no había alternativa. Me equivoqué de lado y mi frente apenas se detuvo unos milímetros antes de golpear contra el vidrio laminado, cosas que pasan.
Él enseguida se acercó y me sostuvo la puerta abierta del lado correcto para que pudiera pasar y me preguntó si estaba bien, una cortesía rara avis hoy en día.
Ahí recién presté atención a sus ojos negros, una piscina de ébano absoluto, un mar de brea absorbente y pegajosa. Creo que me quedé con la boca abierta, no podría asegurarlo, hipnotizada por aquellas esferas azabaches que me miraban con genuina preocupación quizás evaluando si yo era peligrosa o no y si se justificaba llamar a la policía.
Me acompañó a su puesto, no recuerdo si era el 3 o el 5, no viene al caso, y me preguntó si quería un vaso de agua, un ratito para descansar o un profundo beso reparador. Bueno, esto último no me lo dijo, yo pensé que me lo diría es la verdad. Es que tal vez la adrenalina que me produjo el pseudo accidente me dejó sin reacción física pero con una hiperactividad mental que me dura hasta hoy todavía. De lo que pasó con él más vale no entrar en detalle, solo diré que activó terminales nerviosas en lugares irrisorios y desconocidos, para graficar en palabras lo bien que me hizo sentir. Pero pasado un tiempo y el encantamiento inicial, sus respuestas pretendidamente ingeniosas, sus miradas en silencio ya no me mostraban el mismo fuego, ya no me provocaban la misma devoción y pasaron a parecerme pretenciosas, una apariencia de cartón que se desarmaba ante mi cada vez más fría actitud.
Empecé a ver en mi cabeza más allá de lo visible y evidente. Auras profundas, palabras susurradas, sombras de movimientos aún no hechos, brisas provenientes de ningún lado, vértigos repentinos se me fueron presentando sin vergüenzas ni reparos. Yo los acepté como parte de lo que uno llama la vida, es decir, todos alguna vez tuvimos esas sensaciones de estar solos pero acompañados por alguna energía evanescente; de esas, una en particular era persistente y solía intervenir en los momentos menos oportunos haciendo que me sobresalte.
Hoy vivo sola, encerrada en mi departamento, rodeada de cosas que saltan de un mueble a otro, ropa que desfila en el pasillo y platos que estallan contra el piso para rearmarse al segundo siguiente. No me hacen nada, es verdad pero tampoco me dejan acercarme a la puerta.

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