martes, 3 de noviembre de 2026

Mi mundo es solo mi mundo

 ¿Cuántos mundos existen en este planeta? ¿Cuál es la realidad que nos afecta y nos influye? ¿Podemos desde nuestro lugar cambiar algo, mejorar algo, influir, ayudar a alguien?

Mi mundo es pequeño, muy reducido y cada tanto recibe intentos varios de invasión de otros mundos, del universo que lo rodea y del vacío que rodea a todo eso. No tiene nada definido, ni siquiera su gobierno, menos la economía, la creencia, está todo por conversar y debatir; tampoco tiene idea del nivel de alfabetismo ni el de mortalidad infantil. Está en formación, es una sociedad joven y tiene mucho para aprender. 

¿Hasta qué punto se puede aprender de otros mundos sin perder el rumbo del propio aprendizaje? Si ando por la existencia arrastrando un mundo adolescente, inmaduro, en formación, poco podría ayudar a dar una orientación acertada, un consejo. Mis variables, mi postura, mis condiciones son únicas y si en ellas baso mis acciones, también sobre ellas basaré mi punto de vista y mis opiniones. Por lo tanto, sólo me serán útiles a mí y serán lisa y llanamente incomprensibles para el resto de los mundos. Por supuesto que puedo influir a los que me rodean pero ¿me puedo permitir el derecho de aleccionar como un maestro, como una estrella alrededor de la cual giran esos otros mundos? 


lunes, 19 de octubre de 2026

Tu sonrisa en una escalera

Era un día como cualquier otro
para todos, para mi fue muy especial
por muchas y variadas razones,
sin embargo una fue esencial,
me encontré, casi sin querer
con tu sonrisa en una escalera
y ella, por si sola, me hizo cambiar
el rostro, mi semblante todo
y fui infinitamente más feliz.

Escondida entre las hojas pasadas
antes del multitudinario archivo digital
estática pero muy luminosa
tal vez esperando ver más allá,
me tropecé, apenas queriendo
con tu rostro siempre sonriente
casi feliz, tal vez en serio feliz
la juventud en tu plenitud de ser
bella, audaz y sin complejos.

En este día ahora tan especial
de ordenar cajas y cerrar etapas,
ordenando el pretérito pasado,
para dar lugar a lo que vendrá,
tus ojos apenas entre abiertos
empujados por tu infinita sonrisa
que no sabe de rencores ni olvidos
indiferente al solemne almanaque
tus manos siempre abiertas. 

Tu sonrisa en una escalera
congelada en papel vinílico
sirvió para enjugar mis temores,
para resolver todos mis miedos
encerrados en este caprichoso laberinto
que es mi alma y mi corazón,
sirvieron para que mi agotado,
descarado y afortunado rostro
soltara por fin una tímida e insegura sonrisa

miércoles, 7 de octubre de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [5]

 OLFATO


 Estoy muy cansada. Quisiera hoy un buen masaje y morirme hasta mañana. No, mejor por una semana. O vacaciones, pero me van a descontar los días. Mejor, desaparezco y digo, no sé, que se murió un pariente o que me abdujeron unos aliens exploradores. Y este idiota del 2º que se empeña en hacer bifes a la plancha a las 4 de la tarde... Mejor me voy a la casa de la Pato, que aunque huele a chiquero después de una lluvia de brócolis radioactivos, por ahí me puede decir algo del primo. ¡Es que olía tan bien esa colonia (tengo que averiguar la marca, para regalarla) que tenía puesta! No es que fuera tan lindo, pero bueno, hay que pasar el invierno, dicen. Un buen baño me vendría bien, ponerme ese jabón de coco y avena y sacarme este sudor, ponerme una loción fresca, algo relajante. Ese champú de ortigas que olvidó el último incauto es su mejor recuerdo, huele a menta verde, a pradera, porque lo que era él, ufff, olía a guerrero cobarde, a esclavo traidor, a letrina de baño público. Bueno, exagero, pero más o menos... Me tomo un taxi, todos huelen igual, a ese olor de desodorante de auto mezcla con desinfectante, algunos de limón, otros de pino, da igual, todos me ponen de mal humor. ¿Será que en verdad necesito un masaje? Menos mal que el taxista no intentó darme charla porque me tiraba del coche; le pagué con un billete sucio, me olí las manos y aún estaba ahí ese hedor de múltiples manos e inmundos bolsillos, gracias que traigo este gel antibacterial de menta, que me quedó en el fondo de la cartera del invierno pasado, por lo de la gripe A. Me bajé y me asaltó un tufo rancio de cloacas y desagües, maldita sea, ¡quiero un mate! Y sin embargo, esta perra no está en la casa. Le dije que me esperara, qué clase de amiga es, la voy a llamar... No, mejor me meto en este salón de belleza, tal vez ese masaje deseado con cremas frescas de avellanas y cajú y aromas suaves de papaya y limón me despejen la mente y el cuerpo. La piel de marfil de la recepcionista que me inscribe desprende un fabuloso perfume cítrico que se me incrusta en el córtex. Ah! Jazmines, arándanos, azahares… Me está agarrando una modorra, me duermo... ¡Qué placer!