OLFATO
Estoy muy cansada. Quisiera hoy un buen masaje y morirme hasta mañana. No, mejor por una semana. O vacaciones, pero me van a descontar los días. Mejor, desaparezco y digo, no sé, que se murió un pariente o que me abdujeron unos aliens exploradores. Y este idiota del 2º que se empeña en hacer bifes a la plancha a las 4 de la tarde... Mejor me voy a la casa de la Pato, que aunque huele a chiquero después de una lluvia de brócolis radioactivos, por ahí me puede decir algo del primo. ¡Es que olía tan bien esa colonia (tengo que averiguar la marca, para regalarla) que tenía puesta! No es que fuera tan lindo, pero bueno, hay que pasar el invierno, dicen. Un buen baño me vendría bien, ponerme ese jabón de coco y avena y sacarme este sudor, ponerme una loción fresca, algo relajante. Ese champú de ortigas que olvidó el último incauto es su mejor recuerdo, huele a menta verde, a pradera, porque lo que era él, ufff, olía a guerrero cobarde, a esclavo traidor, a letrina de baño público. Bueno, exagero, pero más o menos... Me tomo un taxi, todos huelen igual, a ese olor de desodorante de auto mezcla con desinfectante, algunos de limón, otros de pino, da igual, todos me ponen de mal humor. ¿Será que en verdad necesito un masaje? Menos mal que el taxista no intentó darme charla porque me tiraba del coche; le pagué con un billete sucio, me olí las manos y aún estaba ahí ese hedor de múltiples manos e inmundos bolsillos, gracias que traigo este gel antibacterial de menta, que me quedó en el fondo de la cartera del invierno pasado, por lo de la gripe A. Me bajé y me asaltó un tufo rancio de cloacas y desagües, maldita sea, ¡quiero un mate! Y sin embargo, esta perra no está en la casa. Le dije que me esperara, qué clase de amiga es, la voy a llamar... No, mejor me meto en este salón de belleza, tal vez ese masaje deseado con cremas frescas de avellanas y cajú y aromas suaves de papaya y limón me despejen la mente y el cuerpo. La piel de marfil de la recepcionista que me inscribe desprende un fabuloso perfume cítrico que se me incrusta en el córtex. Ah! Jazmines, arándanos, azahares… Me está agarrando una modorra, me duermo... ¡Qué placer!
Vivir con el piloto automático es, a veces, la única manera de vivir, no pensar, verlo todo como una mala película que ves de lejos... adiós obligaciones, nada de deudas, sólo ese masaje, ese dormir sin despertador...
ResponderEliminarHola Beau! si, a veces dan ganas de renunciar a esta película, de bajarse del reparto y ser un extra o un repartidor de guiones. Ah! las deudas actualmente son el ancla que todo lo impide! No dejan dormir en paz, y no hay forma de esquivarlas. Por lo menos el papel impreso huele bien... ah, cierto, ya no llegan ni las boletas al buzón!
EliminarAbrazo!!