jueves, 5 de marzo de 2026

Delirium tremens urbano

Me desperté sintiendo que me faltaba aún mil horas de sueño para sentirme bien descansado; el sonido ascendente de la alarma del despertador pensaba otra cosa e insistía en cumplir su misión. Me froté los ojos, corrí de un golpe las sábanas, rodé sobre la cama hasta el borde y bajé los pies al suelo errándole por veinte centímetros a la alfombra y casi por nada a las pantuflas.
El café humeaba sobre la hornalla mientras me terminaba de cepillar los dientes y acomodar el cinto del pantalón; su aroma perfumaba todo el departamento creando una atmósfera espesa aunque agradable.
Al llegar a la oficina, me esperaba el monigote de recursos humanos que en pocas y suaves palabras debía resolver la situación de informarme que mis servicios en esa empresa ya no eran requeridos, que me iban a indemnizar debidamente y sostenerme la puerta al salir mientras no dejaba de decir lo importante que había sido mi aporte para ellos.
Salí aturdido; miré a mi alrededor, la vereda atestada de gente inmersa en sus preocupaciones, la calle invadida de autos ruidosos. Encendí un cigarrillo mientras esperaba que el semáforo peatonal pase a blanco y me diera paso. Fueron unas cuatro o cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Llegué justo cuando terminaba el cigarrillo y el colectivo se empezaba a ver desde lejos. Subí y me senté en cualquier lado; miré por la ventanilla hacia la vereda y me quedé siguiendo con la vista el ostentoso contoneo de una cadera, hasta que una bocina me despertó de la fantasía y me trajo de apuro a la realidad.
De golpe la cabeza se me llenó de cuotas, vencimientos de la tarjeta, deudas pequeñas con mi hermano, las boletas de los servicios, ni hablar de la cuota de manutención y el colegio. Sentí un fuego en el pecho y una bruma atrás de los ojos; una pesadez inquietante que no me dejaba pensar, un creciente dolor que venia de todos lados se apoderó de mis articulaciones, los músculos no me respondían y sentía que la cabeza me iba a explotar. Quería gritar pero la voz no me salía; quería sacudir la mano para pedir ayuda pero apenas podía respirar.
En un barquinazo del colectivo, reboté contra la ventanilla y caí hecho un ovillo en el piso del pasillo; en la lejanía escuchaba los gritos de varios pasajeros que le pedían al chofer si por favor podía pedir ayuda.


martes, 13 de enero de 2026

Memento

Era un invierno de esos de pampa húmeda y escarcha por todo el patio, la gramilla crujiente y el césped sufrido. La noche pintaba aburrida, encerrados en el casco del campo, mirando de reojo la añosa biblioteca sabiendo que no habría acción porque sus padres merodeaban como buitres esperando la oportunidad de interrumpir cualquier dudosa aproximación. El fogón del hogar calentaba apenas el living mientras que los dormitorios penaban con pequeños calefactores que daban un miserable calor húmedo.
Cenamos en un silencio apenas entrecortado por la estática de una radio que captaba dos o tres frecuencias con un cuestionable gusto musical. Al final, cuando pensamos que no nos quedaba otra opción que irnos a dormir temprano su hermano contó que salía con unos amigos a un boliche de la zona y nos invitó a ir con él; sin dudarlo enseguida nos cambiamos y frente a la mirada turbia de su padre, nos apretujamos en la cabina de la camioneta.
El viaje de media hora por la ruta solitaria se me hizo corto, la cercanía de su piel me distraía y la expectativa de sacudirme el frío de los huesos hizo que ni me diera cuenta de la incómoda posición en la que estaba. Sentía cosquillas en las piernas, la adrenalina o un calambre, no sé cuál de ellos era el culpable.
Al llegar, olvidamos el frío y entramos a ese mega-lugar bailable a sacudir el cuerpo a ritmo de la música, a pensar que es mejor saltar y mover la cabeza que yacer en un catre solitario, en el medio del campo, bajo una impiadosa helada. Éramos jóvenes y lo demostramos en cada canción, en cada potente abrazo, en cada mirada, en cada ardiente beso.
Teníamos algo único.
Al volver a casa, juré que me quedaría allí por siempre.
Y ese por siempre duró un efímero instante.

martes, 23 de diciembre de 2025

Como todos los fines de año

En la Ciudad ya se huele el fin de año... En todos lados se palpita el fin de año, algunos empezaron antes con los feriados y asuetos (y empezarán bastante más tarde el año nuevo también, suerte por ellos...) y todos estamos pensando en el brindis de la última noche del año, con la familia, con amigos, con gente que a veces no volveremos a ver.
El año se nos fue en un recorrido desparejo, con más prepotencia que hechos, con más gritos que entender al otro, con vaivenes propios de una sociedad que sufre como ninguna la rebeldía de la adolescencia, que no se da cuenta que tiene la mejor mano para ganar sin siquiera recurrir a la mentira y que sin embargo lo hace para pretender demostrarse corajuda. Se pretende adulta pero se comporta como púber intentando impresionar a ese alguien que ni la hora le da.  Lo que importa no es en este caso el pasado, sino lo que viene y si no podemos enfrentarlo con renovado espíritu entonces estamos sonados.
Pero este fin de año es un poquito diferente: no puedo ver en la gente la energía que se suele renovar en esta etapa, ese pensamiento positivo de renovar las cuentas, renovar la vida. Al contrario, los escucho algo abatidos, nerviosos y no quisiera decir desesperanzados. El tono de voz refleja que la realidad en la que se ven inmersos ya ocurrió y que se está por repetir irremisiblemente. Veo desazón, veo inquietud, veo infinita resignación. Pero también brilla en sus ojos la certeza de que no bajarán los brazos. (fin de la escena)

Sigo pensando (lo escribí ya alguna que otra vez y lo reafirmo) que el espacio virtual da vida a muchísimas cosas que se cristalizan en la vida real (o al revés, lo importante es que coexistan y no se aniquilen entre sí) y que me han dado un apoyo que no sabía que necesitaba. Esto es difícil de explicar, aún más cuando la intensidad de los contactos disminuyó en estos últimos tiempos; esta ausencia se resiente más debido a esto. Agradezco la persistencia, la lealtad, la presencia en mi ausencia, realmente la valoro y aprecio mucho; como dije, lo más rico y valioso no son las entradas sino las reacciones y comentarios, lo que provoca en el que lee.

¿Deseos para el año que viene? Deseo que todos ustedes sean felices.
Cada vez que pasa una estrella, en mi cumpleaños, cuando pasa un coche con los recién casados, todas esas ocasiones para pedir deseos, yo no pido nada. ¿Qué puedo pedir si ya tengo lo que quiero?. Entonces pido eso, que sean felices. O mejor, pido para ustedes lo que ustedes quieran pedir. Y como dice en la parte de atrás de muchos camiones, te deseo el doble de lo que vos me deseás a mi, tal vez un pequeño germen de comienzo para un pueblo mejor.
La felicidad viene de la mano de cosas que hoy están devaluadas (no, no me refiero al peso argentino) y no tanto por las posesiones materiales, así que está en uno poder descubrir ese tesoro que todos tenemos a mano.
Brindis, amigos, fotos viejas, tarjetas. Campamentos, lluvias, arena de mar, agua de lago. Cenas con velas, asados, llantos, abrazos, un buen libro. Cada uno encontrará en esas pequeñas cosas el valor de la vida y sabrá que no hay otra cosa que la reemplace, que el recuerdo podrá ser el último refugio frente a la necedad. 

Una de las tantas cosas que no podemos evitar es el paso del tiempo; entonces el 2026 vendrá y se colará como una realidad en nuestras vidas, como lo hacen los años caprichosamente con todas las personas. Deseo (realmente lo quiero) que no importa lo que contenga, lo que tenga para depararnos, lo que nos haga vivir, que sea de lo mejor que nos haya ocurrido en la vida.
Para todos, un inmejorable año 2026!