martes, 7 de julio de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [2]

 TACTO


Las calles de la ciudad son ásperas: el asfalto es viejo, se ven aflorar los cantos rodados y tiene algunos baches y aquellas que están hechas con cemento, ésas de color gris, algunas son lisas y otras no tanto, aunque todas tienen rajaduras y hacen que mis pies descalzos sangren y cuando eso pasa me voy hasta una plaza o un bulevar y me paro en el césped, que es fresco y suave. Mi casa es una caja de cartón y está percudida de tanto sol y tanta lluvia, aunque ahora hace un tiempo que lo que me preocupa es el frío. A veces miro hacia fuera y pasa gente y la quiero tocar, sentir cómo se siente caminar erguido y que la ropa esté limpia y esponjosa. Y me gustaría sentir esa sensación de suavidad en la piel, esas telas raras para mí, ese roce casi simpático del sintético que genera estática y eriza los pelitos del antebrazo… Pero sé que el sólo pensar que yo los pueda tocar, con mi mugre y mis microbios, ya les da asco.
Y no puedo dejar de recordar que alguna vez mis manos cubiertas ahora de sabañones acariciaron tersas pieles de porcelana, cabelleras perfumadas y nalgas ansiosas de mujeres imposibles. La excelsa calidad del cristal en una copa, la tersura de la tela del cortinado. Me empeño en rememorar esas curvas, esas humedades y no dejan de ser pasado, una piel ajena que nunca me perteneció, agónica seda y desesperado algodón. Esos recuerdos mueren de inmediato al sentir la cachetada de la helada matutina en la cara, como castigo por haberme atrevido a tocarlas y me contento con el saber que abajo mío tengo un par de ediciones de la sexta para que la tierra y el frío no se me colen entre el pantalón.

jueves, 18 de junio de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [1]

 VISTA


Cuando uno recorre la ciudad, se pueden ver muchas cosas, siempre y cuando se preste un poco de atención. A saber, existen tres niveles visibles que podemos encontrar e identificar en el mapa urbano. Cada uno de ellos tiene una personalidad muy diferente, lo que lleva a pensar que aunque parezcan coexistir en un mismo momento, en realidad son una amalgama cuántica de distintos momentos y de distintos lugares.  
Miro hacia arriba y veo ventanas, balcones, frisos, balaustradas y mampostería a punto de caerse. Y también veo señoras viejas en batones raídos fumando con resignación mientras riegan las macetas, veo un gato barcino hacer equilibrio por la medianera mientras sujeta por la cola una laucha, espío por la ventana qué hace la vecina del funcional (que está mas buena que comer dulce de leche con las manos) y, cuando camino, miro hacia arriba cada vez que paso por debajo de un árbol, no sea cosa que me cague una paloma. Arriba también veo aviones surcando el cielo, nubes algodonosas que apenas disimulan el poder de los rayos del sol y bandadas de gorriones y algunas sonoras cotorras picoteando todo lo que pueden.
Miro hacia abajo y veo veredas de todo tipo, cordones, asfalto y cemento armado que precisan unos arreglos; ni hablar las que son de tierra que dejan crecer la gramilla. Y también veo chicles pegados desde hace años, una moneda de 25 centavos que junto para el bondi, muchísimas clases diferentes de basura (de las reciclables y de las otras) y, cuando camino, miro hacia abajo cada vez que paso por enfrente de tu casa, no sea cosa que pise un regalito del Sultán. Abajo veo también las huellas de quienes nos precedieron, la sangre de quienes ofrendaron sus vidas para dejarnos lo que creyeron un mundo mejor.
Miro al frente y veo portafolios, carteras, paraguas, trajes de corte, tailleurs y remeras gastadas. Y también veo ambiciones en esos ojos frenéticos, frustraciones en esos otros cansados y locura en aquellos excitados. Veo hombros duros por el gimnasio y espaldas caídas vencidas por la derrota; veo brazos que protegen la cintura de la criatura amada y otros que cargan el peso de la responsabilidad; veo manos que limpian con tenacidad y manos que piden con resignación. Al frente miro y veo que a pesar de todos los errores que seguimos cometiendo, los niños que ingresan a las escuelas, los obreros que elevan estructuras, las ejecutivas que diseñan las compañías del mañana, todos configuran la esperanza del futuro.

jueves, 11 de junio de 2026

Trámites

Entré a un salón muy iluminado, de paredes blancas y cielo raso del mismo color. Había cuatro o cinco filas de asientos, algunos contra la pared lateral, otras acomodados unos frente a otros; casi todos estaban ya ocupados. La mayoría de los que estaban allí eran hombres, con la excepción de dos o tres mujeres sentadas todas en un rincón. Había un tótem a la izquierda de la puerta en la que se podía sacar un papel en el que se indicaba el turno. Suspendido en un soporte negro, un televisor anunciaba el número ganador.

Más al fondo había un largo mostrador de melamina gris, un poco más alto que una barra de bar, tras el cual se apostaban tres secretarias con cara de muy pocos amigos, yo diría que casi ninguno. Ninguna miraba a la cara al paciente que estaban atendiendo, seguramente lo que aparecía en la pantalla de su monitor era más importante. El tono monocorde de las voces confirmaba que nada de lo que se decía allí era de su particular interés.

Sumido en mis pensamientos, me senté casi al lado de la puerta, con el número en la mano y la pantalla a la vista. Los rostros mezclaban la somnolencia normal de la madrugada, la fatiga crónica de quienes deambulan la calle en busca de oportunidades y el desamparo de quienes están a punto de abandonar. Apenas un murmullo de voces apagadas matizaba el zumbido de las impresoras que sin cesar sacaban formularios infinitos y fichas personales con datos que muchos querían dejar sin saber.

Al cabo de lo que pareció una eternidad, vi mi número. Me paré con fingida seguridad y me acerqué al mostrador. Las típicas preguntas, esas que te hacen cuando ya saben las respuestas y solamente buscan que las confirmes, algunas cosas realmente no me las acordaba pero era claro que no las podía negar, sumado a mis datos personales, todo eso fue a parar a la memoria del aparato. Este proceso me permitió ver las larguísimas uñas de la secretaria, su cabello rojo furioso y un portalápices vacío excepto por una lapicera y una regla pequeña. El silencio incómodo se prolongó por un par de minutos más hasta que me indicó una puerta por la que sería llamado.

Arriba, mi cuerpo inerte, aún tibio esperaba sin vida bajo el camión que me atropelló. La ambulancia venía algo demorada por el tránsito. El ingreso al infierno no puede parecerse más a un mostrador público. Increíble.