jueves, 11 de junio de 2026

Trámites

Entré a un salón muy iluminado, de paredes blancas y cielo raso del mismo color. Había cuatro o cinco filas de asientos, algunos contra la pared lateral, otras acomodados unos frente a otros; casi todos estaban ya ocupados. La mayoría de los que estaban allí eran hombres, con la excepción de dos o tres mujeres sentadas todas en un rincón. Había un tótem a la izquierda de la puerta en la que se podía sacar un papel en el que se indicaba el turno. Suspendido en un soporte negro, un televisor anunciaba el número ganador.

Más al fondo había un largo mostrador de melamina gris, un poco más alto que una barra de bar, tras el cual se apostaban tres secretarias con cara de muy pocos amigos, yo diría que casi ninguno. Ninguna miraba a la cara al paciente que estaban atendiendo, seguramente lo que aparecía en la pantalla de su monitor era más importante. El tono monocorde de las voces confirmaba que nada de lo que se decía allí era de su particular interés.

Sumido en mis pensamientos, me senté casi al lado de la puerta, con el número en la mano y la pantalla a la vista. Los rostros mezclaban la somnolencia normal de la madrugada, la fatiga crónica de quienes deambulan la calle en busca de oportunidades y el desamparo de quienes están a punto de abandonar. Apenas un murmullo de voces apagadas matizaba el zumbido de las impresoras que sin cesar sacaban formularios infinitos y fichas personales con datos que muchos querían dejar sin saber.

Al cabo de lo que pareció una eternidad, vi mi número. Me paré con fingida seguridad y me acerqué al mostrador. Las típicas preguntas, esas que te hacen cuando ya saben las respuestas y solamente buscan que las confirmes, algunas cosas realmente no me las acordaba pero era claro que no las podía negar, sumado a mis datos personales, todo eso fue a parar a la memoria del aparato. Este proceso me permitió ver las larguísimas uñas de la secretaria, su cabello rojo furioso y un portalápices vacío excepto por una lapicera y una regla pequeña. El silencio incómodo se prolongó por un par de minutos más hasta que me indicó una puerta por la que sería llamado.

Arriba, mi cuerpo inerte, aún tibio esperaba sin vida bajo el camión que me atropelló. La ambulancia venía algo demorada por el tránsito. El ingreso al infierno no puede parecerse más a un mostrador público. Increíble.

miércoles, 3 de junio de 2026

En equilibrio por la ciudad

Aguardaba el colectivo parada bajo el farol, apoyada levemente contra el poste, aguantando el peso de la mochila en un solo hombro y mirando atenta contra el tránsito. Las luces pasaban raudas desgarrando la noche sin aminorar la marcha; al cabo de un rato que le pareció una eternidad, el interno 2569 de la línea 50 acercó la carrocería al cordón, con un soplido abrió la puerta para que Elisa pueda entrar buscar una butaca y sentarse al fin después de un día tremendamente agotador.

El recorrido duró casi lo mismo de siempre, más o menos unos diecisiete minutos. Lo extraordinario de ese día fue que el semáforo de la esquina de Albarracín con la avenida Luro no funcionaba, estaba en intermitente por lo que el cruce fue dificultoso ya que ninguno de los automovilistas quería ceder el paso. Llegó a su casa apenas pasadas las once de la noche, con el manojo de llaves abrió las cinco diferentes cerraduras mientas que desactivaba la alarma que protegía su departamento. Nada lujoso, nada llamativo pero confortable y seguro. Tenía que serlo, seguro y discreto. No podía hacer nada que la hiciera destacar, debía ser invisible; la puerta de madera cumplía con ese requisito, las cortinas ocultaban sutilmente lo que ocurría dentro.

De la mochila sacó varios paquetes de dólares, dos cargadores vacíos de su pistola SIG Sauer M18, un silenciador, un par de guantes, algunos controles electrónicos, inhibidores de sensores y láseres, un rollo de cuerda negra de poliester y una bolsita de tela negra en la que había 3 diamantes rosas, uno de ellos engarzado en un enorme anillo. Del bolsillo de su campera sacó las vainas servidas, otro par de guantes usados y una tarjeta de acceso corporativo a nombre de una tal Cynthia, que seguramente mañana tendrá que dar algunas explicaciones. El trabajo había salido bien, no tan limpio como hubiera querido, hubo algún que otro herido, pero el objetivo estaba cumplido.

Dejó todo arriba de la mesa, prendió la televisión, y puso el agua para preparar unos mates. Fue a su dormitorio, abrió una puerta corrediza ubicada frente a su enorme cama y de allí sacó una preciosa bata rosa pálido de seda china. Se sacó el pantalón, la chaquetilla y la camisa, se desabrochó el corpiño y lo tiró al piso; se miró fugazmente en el espejo dejando brillar la penumbra nocturna sobre sus pechos. En ese instante, percibió una leve sombra; se puso en estado de alerta inmediatamente pero no dejó que ningún movimiento la delate. Terminó de ponerse la bata, fue a la cocina, apagó el agua ya hirviendo, tomó la pistola con el silenciador, la recargó y con un movimiento felino la apuntó hacia la puerta del baño.


viernes, 22 de mayo de 2026

Blues en blanco y negro

Cené en un lugar cerca del centro, con un servicio tan malo que podrían ser los cuidadores de la puerta del mismísimo infierno y la comida que allí me dieron podría haberle hecho un agujero al concreto más mentado. Lo bueno es que fue rápido, dales de comer y échalos. Yo tenía una razón para comer ahí, pero toda esa gente esperando afuera para sentarse aquí, sólo Dios sabe por qué quieren comer esta tremenda bazofia y además, ser tratados como culpables del crimen más horrendo que se les ocurra. Podrían hacer lo mismo en su casa, sacando la comida de una lata y soportando la perorata de la televisión. Pero no pueden quedarse encerrados en sus casas. Tienen que salir a mostrarse en algún lugar. Tienen que subirse al auto e ir a alguna parte. Empezamos de nuevo. No estás humano esta noche, Marlowe.

El cliente quería saber con quién se vería su elegante esposa esa noche, y yo que no tenía nada mejor que hacer, acepté sus miserables 25 dólares, nada más porque era necesario pagar el servicio de electricidad y mi cuenta de banco pedía a gritos un depósito. Se rió cuando le dije mi tarifa y desde ese momento me arrepentí de haber aceptado el trabajo. Sacó su billetera de cocodrilo con recelo, porque son ricos justamente porque les cuesta soltar el billete. Los anteojos negros y gestos y voces seudorrefinados y moralidades móviles disimulan apenas la corrupción que los mantiene. No, espera un minuto. Hay mucha gente buena que gana mucho más dinero que tu. Tu actitud es incorrecta, Marlowe. No estás humano esta noche.