jueves, 13 de junio de 2024

En la noche simple, oscura noche

Diez y media de la noche de un día agitado. La oficina, cargada de humo de tabaco y del calor sofocante del día, se revelaba ahora con la atmósfera pesada de la noche de verano. La ventana invitaba a la brisa a pasar y ésta la ignoraba elegantemente; no se movían ni las sombras. Era un despacho con alfombras raídas, un fichero metálico en la esquina al lado de dos sillas tapizadas en cuero que alguna vez fue nuevo, un escritorio amplio tras el cual un sillón de respaldo alto era el sitio donde más cómodo se hallaba. En la entrada, una puerta con vidrio con su nombre pintado, daba acceso a la salita de espera; luego otra puerta la comunicaba con la habitación principal.

Exhausto, se arrellanó en su sillón, abrió el cajón superior del escritorio de madera lustrada, sacó la pipa y el tabaco envuelto en cuero y sujeto por una goma elástica, raspó el fósforo contra el lomo de un bibliorato y acercó la lumbre aspirando repetidas veces. Tiró el fósforo al cenicero de madera cayendo sobre las ya abundantes cenizas grises haciendo un minúsculo remolino. Relajó los músculos de la espalda y extendió los brazos hacia adelante, en un ademán mecánico, pensando si debía o no tomar ese caso.

Sabía que todo lo que le dijo era mentira, nada de lo que esos labios rojo sangre habían articulado tenían atisbo de verdad. Los ojos pardos de esa mujer le habían intentado tender una trampa, en la cual no estaba muy seguro de no querer caer. Para ayudarse a tomar esa decisión, se dirigió al archivero, abrió el último cajón y sacó una vieja botella de VAT 69 con el tapón sellado, regalo de algún cliente satisfecho. Volvió a su sillón, sacó un vaso y lo llenó, lo olió y aunque se estremeció al hacerlo, lo bebió suavemente. Los ojos cansados se le nublaron al instante, más no perdió la claridad ni la certeza de que si aceptaba el caso, no obtendría más que problemas y disgustos, ni hablar de los veinticinco dólares por día que había pedido como honorarios que ahora juzgaba escasos.

Se quedó mirando hacia adelante, escuchando la nada y su silencio, midiendo el largo de una cucaracha que paseaba por el zócalo. Un olvidable día terminaba en una olvidable noche. Guardó la botella de whisky en el cajón, se sacó la pistola de la zobaquera y la guardó bajo llave en la caja fuerte, cerró la ventana, tiró las cenizas y los fósforos en el cesto de basura, apagó las luces y desconectó el timbre de la oficina, pisó con desdén la cucaracha noctámbula y salió hacia el pasillo rumbo al ascensor.

Afuera, hedía de vapores citadinos. Nada que no haya olido antes.

¿Que te pasa hoy Marlowe? No estás humano esta noche.

domingo, 2 de junio de 2024

Al borde de la emoción

 Estaba mirando fijamente la pantalla, sin ver nada. Ya había pasado la mañana completa llenando planillas y corrigiendo sumas, comparando los valores que le habían pasado desde Gerencia para ver si había alguna forma de optimizar los resultados y evitar el cierre de la sucursal. Es decir, la idea de subsistir en contra de todos los pronósticos no le era ajena pero tenía muchas dificultades en la ejecución y así se encontraba impactando de lleno contra la pared sin solución de continuidad cada vez que las situaciones le eran adversas. Analía resopló resignada y agitó apenas el mouse para tratar de que el cursor le responda y modifique un número que no coincidía con las ventas; el resultado apenas negativo no encajaba en las pretensiones de los jefes y había que trabajarlo un poco más. Ya había almorzado y ahora el cuerpo entumecido le pedía una dosis poderosa de café; había que lavar la taza manchada que alguien había dejado en el fondo de la pileta a pesar de las millones de veces que había pedido que si la usan aunque sea la enjuaguen con un chorro de agua.

Había poca gente en la oficina, entre los que habían faltado por el finde largo y estiraron el regreso y los que hacían tareas on line, resabio de la pandemia. Las luces penumbrosas apenas arrojaban más claridad que la que entraba por las ventanas del cielo nublado. A los pasos insonoros de Analía hacia la cocina se le interpuso el escritorio de Benicio, su caos de papeles, carpetas y fólders, su aroma y su ausencia por un proyecto personal. Fue un cachetazo que no esperaba y por lo inesperado aún más contundente. El nudo que había crecido despacito estas poco más de dos semanas que pasaron desde su partida, explotó en un llanto inexplicable. Inexplicable porque en general nunca se había llevado bien con él, no era un compañero generoso ni cómplice, al contrario, casi diría que parecía un miembro de la patronal disfrazado de colega; tampoco era un foco de atención de las mujeres, de apariencia regular y poco llamativa; sin embargo había tenido esos pequeños detalles con ella que la habían llevado a pensar si podría haber algo de onda entre ellos. Fue el golpe bajo que hizo que la angustia que la colmaba y que tenía otro origen simplemente salte hacia afuera. Se le doblaron las rodillas y cayó al piso hasta la mínima expresión de la posición fetal, mientras las lágrimas caían sin prisa al suelo. Empezó a temblar, los hombros se sacudían, algún que otro hipo y ese gemido que brota de las entrañas, desesperado e inconsolable. Los brazos rodeando su propio cuerpo pretendían darle algo de protección, sin éxito. Así pasaron breves minutos; se recompuso como pudo, se pasó la manga por los ojos y tuvo que desviarse hasta el baño porque tenía la cara descompuesta, el maquillaje se le había mezclado y era una rara tonalidad despareja cubriendo sus mejillas.

Nadie se dio cuenta, a veces las explosiones de nuestro alma, esos momentos en que por supervivencia nos liberamos de algún peso, se dan en soledad. Quizás para Analía así fue la mejor manera de sanar y que la muerte de su hermana pase a ser algo que no le duela tanto.

domingo, 26 de mayo de 2024

Prefiero el postre del final

Amanece en el valle, una mañana de penetrante helada muy fría y soleada. Las vides soportan impasibles el paso del otoño arrugando sus hojas secas y convirtiendo en pasas las pocas uvas que sobrevivieron a la vendimia estival.
En fila y aferradas a una guía, las plantas de malbec y merlot reciben los primeros rayos de sol a la espera de la poda que pronto los operarios llevarán a cabo; más allá las plantas de chardonnay reciben por goteo controlado la dosis exacta de humedad para que sus racimos generen el mejor varietal.
Pasos trémulos a la entrada de la bodega, vacilantes. El enólogo, embriagado de placer, prepara las botellas que el grupo de ejecutivos catará un poco más tarde; botellas que contienen vino de calidad de exportación serán abiertas y disfrutadas en un almuerzo de negocios. Mientras tanto, en la cocina, el chef realiza el maridaje más exquisito entre los vinos seleccionados y el menú exclusivo sabiendo de la importancia del evento.
Los comensales llegan de a poco de un paseo por el campo en el que alguna alianza ha sido diseñada. Se ubican uno a uno en la mesa frente a las brillantes copas de límpido cristal; unas tablas de quesos y fiambres variados otorgan a la mesa un aroma campestre. 
El vino tinto comienza a llenar las copas, los aromas recurren a recuerdos para buscar similitudes, los sabores se revuelven tumultuosos sobre la lengua y raspan gargantas delicadas. Los taninos, los sedimentos, los brillos y ese inconfundible color bordó tiñen de exóticos sabores los paladares de los comensales.
Y al final de la actividad, el color oro brilla dentro de las pequeñas copas. Dulce uno, un poco más ácido el otro, la calidad y el esfuerzo se saborea en finísimos elixires destilados con sabiduría. Murmullos sordos cuyo volumen va de a poco creciendo hasta hacer una marea inconexa de sonidos oscilantes.
Suave, tu mano hizo una pequeña presión en mi muñeca, señal inequívoca de que la velada gastronómica había terminado dando espacio al segundo capítulo. Tus labios rozaron mi mejilla y mis ojos ya turbios por el efecto del disfrute vitivinícola se desmayaron ante tu rotunda invitación.