lunes, 19 de octubre de 2026

Tu sonrisa en una escalera

Era un día como cualquier otro
para todos, para mi fue muy especial
por muchas y variadas razones,
sin embargo una fue esencial,
me encontré, casi sin querer
con tu sonrisa en una escalera
y ella, por si sola, me hizo cambiar
el rostro, mi semblante todo
y fui infinitamente más feliz.

Escondida entre las hojas pasadas
antes del multitudinario archivo digital
estática pero muy luminosa
tal vez esperando ver más allá,
me tropecé, apenas queriendo
con tu rostro siempre sonriente
casi feliz, tal vez en serio feliz
la juventud en tu plenitud de ser
bella, audaz y sin complejos.

En este día ahora tan especial
de ordenar cajas y cerrar etapas,
ordenando el pretérito pasado,
para dar lugar a lo que vendrá,
tus ojos apenas entre abiertos
empujados por tu infinita sonrisa
que no sabe de rencores ni olvidos
indiferente al solemne almanaque
tus manos siempre abiertas. 

Tu sonrisa en una escalera
congelada en papel vinílico
sirvió para enjugar mis temores,
para resolver todos mis miedos
encerrados en este caprichoso laberinto
que es mi alma y mi corazón,
sirvieron para que mi agotado,
descarado y afortunado rostro
soltara por fin una tímida e insegura sonrisa

miércoles, 7 de octubre de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [5]

 OLFATO


 Estoy muy cansada. Quisiera hoy un buen masaje y morirme hasta mañana. No, mejor por una semana. O vacaciones, pero me van a descontar los días. Mejor, desaparezco y digo, no sé, que se murió un pariente o que me abdujeron unos aliens exploradores. Y este idiota del 2º que se empeña en hacer bifes a la plancha a las 4 de la tarde... Mejor me voy a la casa de la Pato, que aunque huele a chiquero después de una lluvia de brócolis radioactivos, por ahí me puede decir algo del primo. ¡Es que olía tan bien esa colonia (tengo que averiguar la marca, para regalarla) que tenía puesta! No es que fuera tan lindo, pero bueno, hay que pasar el invierno, dicen. Un buen baño me vendría bien, ponerme ese jabón de coco y avena y sacarme este sudor, ponerme una loción fresca, algo relajante. Ese champú de ortigas que olvidó el último incauto es su mejor recuerdo, huele a menta verde, a pradera, porque lo que era él, ufff, olía a guerrero cobarde, a esclavo traidor, a letrina de baño público. Bueno, exagero, pero más o menos... Me tomo un taxi, todos huelen igual, a ese olor de desodorante de auto mezcla con desinfectante, algunos de limón, otros de pino, da igual, todos me ponen de mal humor. ¿Será que en verdad necesito un masaje? Menos mal que el taxista no intentó darme charla porque me tiraba del coche; le pagué con un billete sucio, me olí las manos y aún estaba ahí ese hedor de múltiples manos e inmundos bolsillos, gracias que traigo este gel antibacterial de menta, que me quedó en el fondo de la cartera del invierno pasado, por lo de la gripe A. Me bajé y me asaltó un tufo rancio de cloacas y desagües, maldita sea, ¡quiero un mate! Y sin embargo, esta perra no está en la casa. Le dije que me esperara, qué clase de amiga es, la voy a llamar... No, mejor me meto en este salón de belleza, tal vez ese masaje deseado con cremas frescas de avellanas y cajú y aromas suaves de papaya y limón me despejen la mente y el cuerpo. La piel de marfil de la recepcionista que me inscribe desprende un fabuloso perfume cítrico que se me incrusta en el córtex. Ah! Jazmines, arándanos, azahares… Me está agarrando una modorra, me duermo... ¡Qué placer!

lunes, 31 de agosto de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [4]

 GUSTO


¿Cómo nos verán los antropólogos de acá a mil años? ¿Qué pensarán de nosotros cuando desentierren un celular, un posavasos, una tijera? ¿Qué conclusiones sacarán al ver diferentes estilos arquitectónicos en las casas? ¿Qué pensarán sobre nuestra dieta, nuestros hábitos alimenticios cuando analicen esa información?
Si hoy quedara enterrada, por ejemplo, mi heladera, van a pensar que yo era un alcohólico: media botella de Gancia, una de vodka, dos latas de Pronto Shake, un fondito de fernet, dos botellas de cerveza y una de gaseosa. Van a pensar que no comía en mi casa nada sólido, más que un yogurt natural, un par de limones y un trozo viejo de queso de rallar.
Quizás, en su evolucionada mente crean, al encontrar el folleto de una pizzería con todo el listado de variedades, que el gobierno supremo nos obligaba a comer alternativamente una fugazzeta, luego una tres quesos, al otro día una de anchoas y para el fin de semana, una calabresa y una de jamón crudo y rúcula. Y para los feriados quedan las especiales (harán ellos sus presunciones), la de palmitos y una combinación de panceta, brócoli y espárragos. Y para los que no pagaran los impuestos al día, una mini ración de empanadas; si estaban en la moratoria, y eran vecinos de nombre, a lo sumo un calzone relleno o un plato de patitas de pollo rebozadas.
Y mejor que no abran el freezer, van a pensar cualquier cosa. Comida congelada, para hacer en el momento en el microondas; les parecerá una aberración, una especie de condena domiciliaria como castigo a mi intento de gobernar una ciudad virtual.
Hummm, tal vez sea la hora de comer, tal vez el olor a salsa bolognesa que entra por la ventana pero me me dio hambre. ¡Me voy a hacer unas hamburguesas con queso!