sábado, 14 de marzo de 2026

Decepción

Muchos seres humanos se jactan con ostentación de mantener a lo largo de sus vidas un criterio uniforme que rige sus decisiones, sus elecciones y sus opiniones.
Se ufanan de poseer vaya a saber qué verdad que los faculta para sentirse superiores al resto y mirarlos por sobre el hombro sin sentir culpa.
Mucha gente (demasiados) piensa que está habilitada para el uso y abuso de ciertos derechos que nadie les confirió, para la emisión de una pobre opinión que nadie les pidió, para la adjetivación de una acción que no es de su incumbencia.
Demasiadas personas están (pre)ocupadas por sus cuestiones personales, los problemas familiares, la escasez de fuentes laborales y el sobregiro de su cuenta bancaria sin saber que con sólo escuchar la voz de quien les da validez en este mundo, que solamente con hacer realidad esos sueños locos, que con ser felices hace relativos y pequeños esos vanos problemas.
Pocas personas, por el contrario, pueden ver un poco más allá de donde termina la mesa y darse cuenta de que a veces es más importante hablar menos y hacer un poco más.

jueves, 5 de marzo de 2026

Delirium tremens urbano

Me desperté sintiendo que me faltaba aún mil horas de sueño para sentirme bien descansado; el sonido ascendente de la alarma del despertador pensaba otra cosa e insistía en cumplir su misión. Me froté los ojos, corrí de un golpe las sábanas, rodé sobre la cama hasta el borde y bajé los pies al suelo errándole por veinte centímetros a la alfombra y casi por nada a las pantuflas.
El café humeaba sobre la hornalla mientras me terminaba de cepillar los dientes y acomodar el cinto del pantalón; su aroma perfumaba todo el departamento creando una atmósfera espesa aunque agradable.
Al llegar a la oficina, me esperaba el monigote de recursos humanos que en pocas y suaves palabras debía resolver la situación de informarme que mis servicios en esa empresa ya no eran requeridos, que me iban a indemnizar debidamente y sostenerme la puerta al salir mientras no dejaba de decir lo importante que había sido mi aporte para ellos.
Salí aturdido; miré a mi alrededor, la vereda atestada de gente inmersa en sus preocupaciones, la calle invadida de autos ruidosos. Encendí un cigarrillo mientras esperaba que el semáforo peatonal pase a blanco y me diera paso. Fueron unas cuatro o cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Llegué justo cuando terminaba el cigarrillo y el colectivo se empezaba a ver desde lejos. Subí y me senté en cualquier lado; miré por la ventanilla hacia la vereda y me quedé siguiendo con la vista el ostentoso contoneo de una cadera, hasta que una bocina me despertó de la fantasía y me trajo de apuro a la realidad.
De golpe la cabeza se me llenó de cuotas, vencimientos de la tarjeta, deudas pequeñas con mi hermano, las boletas de los servicios, ni hablar de la cuota de manutención y el colegio. Sentí un fuego en el pecho y una bruma atrás de los ojos; una pesadez inquietante que no me dejaba pensar, un creciente dolor que venia de todos lados se apoderó de mis articulaciones, los músculos no me respondían y sentía que la cabeza me iba a explotar. Quería gritar pero la voz no me salía; quería sacudir la mano para pedir ayuda pero apenas podía respirar.
En un barquinazo del colectivo, reboté contra la ventanilla y caí hecho un ovillo en el piso del pasillo; en la lejanía escuchaba los gritos de varios pasajeros que le pedían al chofer si por favor podía pedir ayuda.


martes, 13 de enero de 2026

Memento

Era un invierno de esos de pampa húmeda y escarcha por todo el patio, la gramilla crujiente y el césped sufrido. La noche pintaba aburrida, encerrados en el casco del campo, mirando de reojo la añosa biblioteca sabiendo que no habría acción porque sus padres merodeaban como buitres esperando la oportunidad de interrumpir cualquier dudosa aproximación. El fogón del hogar calentaba apenas el living mientras que los dormitorios penaban con pequeños calefactores que daban un miserable calor húmedo.
Cenamos en un silencio apenas entrecortado por la estática de una radio que captaba dos o tres frecuencias con un cuestionable gusto musical. Al final, cuando pensamos que no nos quedaba otra opción que irnos a dormir temprano su hermano contó que salía con unos amigos a un boliche de la zona y nos invitó a ir con él; sin dudarlo enseguida nos cambiamos y frente a la mirada turbia de su padre, nos apretujamos en la cabina de la camioneta.
El viaje de media hora por la ruta solitaria se me hizo corto, la cercanía de su piel me distraía y la expectativa de sacudirme el frío de los huesos hizo que ni me diera cuenta de la incómoda posición en la que estaba. Sentía cosquillas en las piernas, la adrenalina o un calambre, no sé cuál de ellos era el culpable.
Al llegar, olvidamos el frío y entramos a ese mega-lugar bailable a sacudir el cuerpo a ritmo de la música, a pensar que es mejor saltar y mover la cabeza que yacer en un catre solitario, en el medio del campo, bajo una impiadosa helada. Éramos jóvenes y lo demostramos en cada canción, en cada potente abrazo, en cada mirada, en cada ardiente beso.
Teníamos algo único.
Al volver a casa, juré que me quedaría allí por siempre.
Y ese por siempre duró un efímero instante.