miércoles, 7 de octubre de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [5]

 OLFATO


 Estoy muy cansada. Quisiera hoy un buen masaje y morirme hasta mañana. No, mejor por una semana. O vacaciones, pero me van a descontar los días. Mejor, desaparezco y digo, no sé, que se murió un pariente o que me abdujeron unos aliens exploradores. Y este idiota del 2º que se empeña en hacer bifes a la plancha a las 4 de la tarde... Mejor me voy a la casa de la Pato, que aunque huele a chiquero después de una lluvia de brócolis radioactivos, por ahí me puede decir algo del primo. ¡Es que olía tan bien esa colonia (tengo que averiguar la marca, para regalarla) que tenía puesta! No es que fuera tan lindo, pero bueno, hay que pasar el invierno, dicen. Un buen baño me vendría bien, ponerme ese jabón de coco y avena y sacarme este sudor, ponerme una loción fresca, algo relajante. Ese champú de ortigas que olvidó el último incauto es su mejor recuerdo, huele a menta verde, a pradera, porque lo que era él, ufff, olía a guerrero cobarde, a esclavo traidor, a letrina de baño público. Bueno, exagero, pero más o menos... Me tomo un taxi, todos huelen igual, a ese olor de desodorante de auto mezcla con desinfectante, algunos de limón, otros de pino, da igual, todos me ponen de mal humor. ¿Será que en verdad necesito un masaje? Menos mal que el taxista no intentó darme charla porque me tiraba del coche; le pagué con un billete sucio, me olí las manos y aún estaba ahí ese hedor de múltiples manos e inmundos bolsillos, gracias que traigo este gel antibacterial de menta, que me quedó en el fondo de la cartera del invierno pasado, por lo de la gripe A. Me bajé y me asaltó un tufo rancio de cloacas y desagües, maldita sea, ¡quiero un mate! Y sin embargo, esta perra no está en la casa. Le dije que me esperara, qué clase de amiga es, la voy a llamar... No, mejor me meto en este salón de belleza, tal vez ese masaje deseado con cremas frescas de avellanas y cajú y aromas suaves de papaya y limón me despejen la mente y el cuerpo. La piel de marfil de la recepcionista que me inscribe desprende un fabuloso perfume cítrico que se me incrusta en el córtex. Ah! Jazmines, arándanos, azahares… Me está agarrando una modorra, me duermo... ¡Qué placer!

lunes, 31 de agosto de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [4]

 GUSTO


¿Cómo nos verán los antropólogos de acá a mil años? ¿Qué pensarán de nosotros cuando desentierren un celular, un posavasos, una tijera? ¿Qué conclusiones sacarán al ver diferentes estilos arquitectónicos en las casas? ¿Qué pensarán sobre nuestra dieta, nuestros hábitos alimenticios cuando analicen esa información?
Si hoy quedara enterrada, por ejemplo, mi heladera, van a pensar que yo era un alcohólico: media botella de Gancia, una de vodka, dos latas de Pronto Shake, un fondito de fernet, dos botellas de cerveza y una de gaseosa. Van a pensar que no comía en mi casa nada sólido, más que un yogurt natural, un par de limones y un trozo viejo de queso de rallar.
Quizás, en su evolucionada mente crean, al encontrar el folleto de una pizzería con todo el listado de variedades, que el gobierno supremo nos obligaba a comer alternativamente una fugazzeta, luego una tres quesos, al otro día una de anchoas y para el fin de semana, una calabresa y una de jamón crudo y rúcula. Y para los feriados quedan las especiales (harán ellos sus presunciones), la de palmitos y una combinación de panceta, brócoli y espárragos. Y para los que no pagaran los impuestos al día, una mini ración de empanadas; si estaban en la moratoria, y eran vecinos de nombre, a lo sumo un calzone relleno o un plato de patitas de pollo rebozadas.
Y mejor que no abran el freezer, van a pensar cualquier cosa. Comida congelada, para hacer en el momento en el microondas; les parecerá una aberración, una especie de condena domiciliaria como castigo a mi intento de gobernar una ciudad virtual.
Hummm, tal vez sea la hora de comer, tal vez el olor a salsa bolognesa que entra por la ventana pero me me dio hambre. ¡Me voy a hacer unas hamburguesas con queso!

martes, 28 de julio de 2026

Percibiendo la ciudad con los sentidos [3]

 OIDO

Subiendo la cuesta de la avenida, sintió frío. Se abrazó a las solapas del sacón con las manos enguantadas pensando que aunque apurara el paso ya estaba llegando tarde a la oficina. De repente, una melodía apenas audible la sacudió. En realidad sacudió sus recuerdos. Aquella romántica canción, sutiles acordes que la transportaron al pasado.

Se vio jovencísima, en un boliche con las paredes espejadas, una barra larga y generosa en tragos, un puente sobre la pista y unos mullidos y tentadores reservados al fondo del pasillo. Estaba bailando aferrada a la cintura de quien esa noche le haría conocer el amor, ese placer mezclado con dolor, ese cautiverio que te hace sentir libre.

Siguió caminando a pasos veloces, mirando atentamente la ventana por la cual había salido esa música. Al llegar a la esquina, se detuvo en el cordón de la vereda, esperando el rojo que detenga la marea motor y desata la marea humana. Frenó a su lado un taxi para finalizar el viaje de su pasajero; del estéreo salían unos compases melancólicos que cambiaron el ritmo de sus pensamientos.

Con los ojos abiertos, soñó con su abuelo, de chaleco raído, bigote amarillo por la nicotina y ojos entornados, abandonado al ritmo de una surera melancólica. Ella lo miraba desde la mesa del comedor, pensando en lo misterioso que parecía con la pipa en la boca.

Llegó agotada a la puerta de la oficina. Pero se sintió bien, reconfortada. Traspuso el umbral, fichó en el reloj con la tarjeta magnética y escuchó con una mueca en su rostro la música ambiental apenas distinguible del murmullo humano...