viernes, 17 de abril de 2026

Control

Es que él sabía lo que le iba a decir, por eso me dejó hablar. Pensaba que nunca se cansaría de decirle lo que tenía que hacer. Era una costumbre de los primeros años en la universidad en donde lo que decía nunca era tenido en cuenta para nada y se terminaba haciendo lo que yo quería. Aunque era un poco su culpa también, ya que solía terminar dándome la razón, pero esa vez fue diferente. Martín miraba por la ventana y pensaba en que en ese momento su mamá estaría dándole una inyección a algún anciano en el hospital municipal, en que su amigo embalaría otra caja y que pase el que sigue y que Sabina terminaría exhausta su jornada de atención psicológica y que todo eso no era justo. Y más ahora en fechas festivas, diciembre lo ponía nervioso. Dio media vuelta y sin escuchar lo que le estaba diciendo, me interrumpió, indeciso. Acaso fue la primer muestra de rebeldía en su apacible vida, pero le sentó bien, le gustó. Supo también que sería la última vez que lo haría y que no lo extrañará nunca. No se puede pretender como propio algo que nunca nos perteneció, aunque por un momento sintió que no habría nada ni nadie en el mundo capaz de igualarlo si se decidiera.
Lo miré enojado porque nunca me escuchaba cuando le hablaba, le dije que todo era para mejorar, que cualquier cosa que hiciera, tenía que estar en control. Esa era la base de todo, tomar las propias decisiones. No podía ser, no era justo que su supervisor infringiera una y otra vez las reglas del juego y siempre a costa de él. Lo dejé reflexionando; me fui, ofendido y disgustado porque siempre hace lo que le parece, lo que me hace pensar que es inútil expresarle mis opiniones. Siempre era lo mismo cada vez que nos veíamos, se embarcaba en una descripción frenética de lo acontecido en el último tiempo, que bien podían ser dos días o dos meses. Y a uno siempre se le ocurrían miles de comentarios que él metódicamente ignoraba una y otra vez. Tal vez no quería perder el hilo del relato, o no le parecían pertinentes. No le modificaban el punto de vista final, que solía ser apocalíptico. 
Al otro día fue como siempre en forma más que puntual a su empleo que lo irritaba sobremanera, marcó el horario de entrada en su tarjeta en el reloj que estaba frente a la puerta de salida de emergencia, fue al camarín a cambiarse de ropa, ponerse la faja de seguridad y los botines punta de acero y se internó en el depósito de mercaderías pensando que ese día sería diferente. Control, control, se repetía una vez tras otra dentro de su cabeza, la palabra que era frase, que se hacía idea. Caminó unos metros hacia el fondo del depósito, era un galpón enorme con deficiente iluminación y atiborrado de mercancías y se ocultó con el firme propósito de empezar a controlar su vida, no sabía cómo pero lo haría. Y estaba en esos rumbos del pensamiento cuando se cruzó inesperadamente con su supervisor, Qué hace acá González, inquirió descortés el hombre a cargo, Nada, recién acabo de entrar y estoy revisando las tareas que hay que hacer, Pues entonces apúrese porque han llegado dos camiones, uno de artículos de limpieza y el otro de gaseosas que hay que descargar, dijo el encargado en forma desagradable. Martín deseó en ese instante tener el valor de tomarlo del cuello, apretarlo lenta pero firme, con las dos manos hechas puños, ver las sucesivas transformaciones que le deformaban el rostro en horribles muecas, los cambios de color y los sentimientos que variaban conforme el aire abandonaba los pulmones, sofocar los gemidos desesperados y mitigar los sonidos que rebotaban y se hacían eco al golpear los botines en el suelo de cemento alisado. Vio cómo la luz se apagaba de los ojos ya inexpresivos, aquellos ojos que lo habían hostigado por tanto tiempo ya no lo molestarían más. Esta recreación lo dejó agotado, le dolían las manos y los hombros e incluso le sangró la nariz, pero se sentía desahogado, liviano, con un confort que nacía en ese lugar que no se puede ubicar dentro del cuerpo y se expandía hacia todos lados, se le notaba en la forma de caminar, iba como flotando, no le costaba ningún esfuerzo trasladarse. Fue al baño a limpiarse, luego se aproximó al portón de acceso de la mercadería y con ayuda de la zorra, ese carro con accionar hidráulico que hay en todos los depósitos, comenzó a bajar pallets de los camiones y así estuvo todo el día, sin que nadie se metiera con él. Se sorprendió a sí mismo entusiasmado, eufórico, independiente; sí, era eso, se sentía libre, sin ataduras, sin compromisos. Se creía capaz de todo, y así lo siguió creyendo de camino a su casa. Desde atrás de las cajas de sidra y pan dulce que se colocarían la semana entrante, los párpados rígidos, abiertos del encargado confirmaban esa idea.

domingo, 29 de marzo de 2026

Ideales en pugna

Somos tan libres que no nos damos cuenta de todo lo que podemos hacer y en lugar de aprovechar nuestro potencial nos quedamos con la comodidad de lo ordinario. Así planteada, la libertad en la que nos encontramos permite que expresemos nuestra posición con respecto a casi todo lo que está en contacto con nuestra existencia.
Es posible que en este tránsito de esta forma de vida tan particular te cruces con ciertas personas que critiquen tus palabras aún habiendo en ellas arduo conocimiento, que cuestionen tus actos por mucho tiempo reflexionados, que se burlen de tus ideales con mucho trabajo apuntalados.
Es también muy factible que ante semejantes reacciones te sientas tentado a imitar sus modos desgarbados, faltos de compromiso, porque la palabra escupida sin pensar es el verbo más fácil de usar para rellenar sin mucho esfuerzo huecos de molesto silencio.
Fuera de toda consideración dejo los textos y opiniones viciadas de toda validez que son fruto de una decadente y despreciable coima en forma de pauta; pretender ser un comunicador objetivo con patrón y línea editorial es irónico y hasta gracioso, aunque no menos peligroso.
Rescato el honor, lo loable del fatigoso labor de mantenerse firme en sus incorruptibles ideas sin flaquear, sin prisa pero sin miedo de avanzar hacia terrenos inhóspitos, incluso agresivos pero con la seguridad de la templanza definitiva y el advenimiento algo tardío, es cierto, pero merecido, justo, de las verdades durante tanto tiempo enarboladas.

viernes, 20 de marzo de 2026

Pardos ojos

De vos tengo algunos recuerdos que duelen, aunque son los menos. Tengo más recuerdos lindos, inocentes, placenteros. De vos no guardé ni siquiera una foto.
Será que volver a verte, encontrar esos ojos pardos fijos en la escalera es demasiado desafío, volver a descubrirme ahogado en tu sonrisa es batalla perdida.
O tal vez será que no es necesario un papel brillante para acercar a mi trémula memoria esas emociones del pasado.
De vos no guardo más que sensaciones, etéreas, incorpóreas. Ni siquiera una remera o una carta. Bah, eso es mentira. Lo que no me atrevo es a leer tus frases otra vez, reconocer tu letra y en ella a lo que me hacías sentir.
Creía que el mundo se arrodillaría frente a nosotros, nos saludaría con un sonrisa y nos desearía el mejor de los futuros. Me sentía invulnerable aferrado a tu cintura, capaz de todo.
De vos recuerdo el eco de tu voz rebotando infinito en la pared descascarada del departamento, perdiendo en el horizonte la vista húmeda.
Será que ya es hora de borrar del todo tu sombra. Ya de por sí es difícil estar cuerdo.

sábado, 14 de marzo de 2026

Decepción

Muchos seres humanos se jactan con ostentación de mantener a lo largo de sus vidas un criterio uniforme que rige sus decisiones, sus elecciones y sus opiniones.
Se ufanan de poseer vaya a saber qué verdad que los faculta para sentirse superiores al resto y mirarlos por sobre el hombro sin sentir culpa.
Mucha gente (demasiados) piensa que está habilitada para el uso y abuso de ciertos derechos que nadie les confirió, para la emisión de una pobre opinión que nadie les pidió, para la adjetivación de una acción que no es de su incumbencia.
Demasiadas personas están (pre)ocupadas por sus cuestiones personales, los problemas familiares, la escasez de fuentes laborales y el sobregiro de su cuenta bancaria sin saber que con sólo escuchar la voz de quien les da validez en este mundo, que solamente con hacer realidad esos sueños locos, que con ser felices hace relativos y pequeños esos vanos problemas.
Pocas personas, por el contrario, pueden ver un poco más allá de donde termina la mesa y darse cuenta de que a veces es más importante hablar menos y hacer un poco más.

jueves, 5 de marzo de 2026

Delirium tremens urbano

Me desperté sintiendo que me faltaba aún mil horas de sueño para sentirme bien descansado; el sonido ascendente de la alarma del despertador pensaba otra cosa e insistía en cumplir su misión. Me froté los ojos, corrí de un golpe las sábanas, rodé sobre la cama hasta el borde y bajé los pies al suelo errándole por veinte centímetros a la alfombra y casi por nada a las pantuflas.
El café humeaba sobre la hornalla mientras me terminaba de cepillar los dientes y acomodar el cinto del pantalón; su aroma perfumaba todo el departamento creando una atmósfera espesa aunque agradable.
Al llegar a la oficina, me esperaba el monigote de recursos humanos que en pocas y suaves palabras debía resolver la situación de informarme que mis servicios en esa empresa ya no eran requeridos, que me iban a indemnizar debidamente y sostenerme la puerta al salir mientras no dejaba de decir lo importante que había sido mi aporte para ellos.
Salí aturdido; miré a mi alrededor, la vereda atestada de gente inmersa en sus preocupaciones, la calle invadida de autos ruidosos. Encendí un cigarrillo mientras esperaba que el semáforo peatonal pase a blanco y me diera paso. Fueron unas cuatro o cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Llegué justo cuando terminaba el cigarrillo y el colectivo se empezaba a ver desde lejos. Subí y me senté en cualquier lado; miré por la ventanilla hacia la vereda y me quedé siguiendo con la vista el ostentoso contoneo de una cadera, hasta que una bocina me despertó de la fantasía y me trajo de apuro a la realidad.
De golpe la cabeza se me llenó de cuotas, vencimientos de la tarjeta, deudas pequeñas con mi hermano, las boletas de los servicios, ni hablar de la cuota de manutención y el colegio. Sentí un fuego en el pecho y una bruma atrás de los ojos; una pesadez inquietante que no me dejaba pensar, un creciente dolor que venia de todos lados se apoderó de mis articulaciones, los músculos no me respondían y sentía que la cabeza me iba a explotar. Quería gritar pero la voz no me salía; quería sacudir la mano para pedir ayuda pero apenas podía respirar.
En un barquinazo del colectivo, reboté contra la ventanilla y caí hecho un ovillo en el piso del pasillo; en la lejanía escuchaba los gritos de varios pasajeros que le pedían al chofer si por favor podía pedir ayuda.


martes, 13 de enero de 2026

Memento

Era un invierno de esos de pampa húmeda y escarcha por todo el patio, la gramilla crujiente y el césped sufrido. La noche pintaba aburrida, encerrados en el casco del campo, mirando de reojo la añosa biblioteca sabiendo que no habría acción porque sus padres merodeaban como buitres esperando la oportunidad de interrumpir cualquier dudosa aproximación. El fogón del hogar calentaba apenas el living mientras que los dormitorios penaban con pequeños calefactores que daban un miserable calor húmedo.
Cenamos en un silencio apenas entrecortado por la estática de una radio que captaba dos o tres frecuencias con un cuestionable gusto musical. Al final, cuando pensamos que no nos quedaba otra opción que irnos a dormir temprano su hermano contó que salía con unos amigos a un boliche de la zona y nos invitó a ir con él; sin dudarlo enseguida nos cambiamos y frente a la mirada turbia de su padre, nos apretujamos en la cabina de la camioneta.
El viaje de media hora por la ruta solitaria se me hizo corto, la cercanía de su piel me distraía y la expectativa de sacudirme el frío de los huesos hizo que ni me diera cuenta de la incómoda posición en la que estaba. Sentía cosquillas en las piernas, la adrenalina o un calambre, no sé cuál de ellos era el culpable.
Al llegar, olvidamos el frío y entramos a ese mega-lugar bailable a sacudir el cuerpo a ritmo de la música, a pensar que es mejor saltar y mover la cabeza que yacer en un catre solitario, en el medio del campo, bajo una impiadosa helada. Éramos jóvenes y lo demostramos en cada canción, en cada potente abrazo, en cada mirada, en cada ardiente beso.
Teníamos algo único.
Al volver a casa, juré que me quedaría allí por siempre.
Y ese por siempre duró un efímero instante.