domingo, 26 de mayo de 2024

Prefiero el postre del final

Amanece en el valle, una mañana de penetrante helada muy fría y soleada. Las vides soportan impasibles el paso del otoño arrugando sus hojas secas y convirtiendo en pasas las pocas uvas que sobrevivieron a la vendimia estival.
En fila y aferradas a una guía, las plantas de malbec y merlot reciben los primeros rayos de sol a la espera de la poda que pronto los operarios llevarán a cabo; más allá las plantas de chardonnay reciben por goteo controlado la dosis exacta de humedad para que sus racimos generen el mejor varietal.
Pasos trémulos a la entrada de la bodega, vacilantes. El enólogo, embriagado de placer, prepara las botellas que el grupo de ejecutivos catará un poco más tarde; botellas que contienen vino de calidad de exportación serán abiertas y disfrutadas en un almuerzo de negocios. Mientras tanto, en la cocina, el chef realiza el maridaje más exquisito entre los vinos seleccionados y el menú exclusivo sabiendo de la importancia del evento.
Los comensales llegan de a poco de un paseo por el campo en el que alguna alianza ha sido diseñada. Se ubican uno a uno en la mesa frente a las brillantes copas de límpido cristal; unas tablas de quesos y fiambres variados otorgan a la mesa un aroma campestre. 
El vino tinto comienza a llenar las copas, los aromas recurren a recuerdos para buscar similitudes, los sabores se revuelven tumultuosos sobre la lengua y raspan gargantas delicadas. Los taninos, los sedimentos, los brillos y ese inconfundible color bordó tiñen de exóticos sabores los paladares de los comensales.
Y al final de la actividad, el color oro brilla dentro de las pequeñas copas. Dulce uno, un poco más ácido el otro, la calidad y el esfuerzo se saborea en finísimos elixires destilados con sabiduría. Murmullos sordos cuyo volumen va de a poco creciendo hasta hacer una marea inconexa de sonidos oscilantes.
Suave, tu mano hizo una pequeña presión en mi muñeca, señal inequívoca de que la velada gastronómica había terminado dando espacio al segundo capítulo. Tus labios rozaron mi mejilla y mis ojos ya turbios por el efecto del disfrute vitivinícola se desmayaron ante tu rotunda invitación.

martes, 14 de mayo de 2024

Saquemos una foto

Podés estar saltando, gritando fuerte, brindando con tus amigos, riendo a carcajadas; tal vez nadando en aquel tanque, pasándola bien, pescando en un lago del sur, creando arte, trabajando a destajo. Pudiste estar haciendo cualquiera de esas cosas y lo seguís haciendo en el trozo de papel que muestra la imagen que hoy tengo frente a mis ojos.

Podés estar simplemente mirando el lente de mi cámara para quedar impreso para siempre. Y eso te transporta, inmutable y raudo, del pasado que te albergó a este presente lejano en que te recuerdo.

En su naturaleza de evocar en quietud insoslayable la fotografía crea movimiento, imagina aromas, supone sonidos, piensa cosas nuevas, dice otras palabras. En ese poder de inmovilizar tu gesto, de aquietar la tormenta que se agitaba en nosotros, transporta el escenario, recrea e incluso mejora nuestra evidente impericia para sobrellevar ese momento.

Hoy los archivos son digitales y ya el álbum es una carpeta en la computadora; a mí me gusta el cartón ajado del sobre papel, los negativos envueltos en gris celofán esperando servir para una copia futura, la elección fundamental del acabado mate o brillante que definía el tenor del contenido del rollo. Son parte fundamental del recuerdo.

Una fotografía cualquiera es un puente al pasado, otorgándole inobjetable realidad, es un recordatorio de implacable precisión, es un baúl de recuerdos donde reposan las imágenes que nuestra memoria creyó haber olvidado.