Momentos [2]

>> viernes, 24 de octubre de 2014

Tarde

El postigo cerrado completaba la sensación de encierro que reinaba en la habitación. El aire espeso se podía cortar con tijera, si uno quisiera. Sentía sobre mis hombros una manada de elefantes que dormitaba apaciblemente sin pensar en moverse. Los párpados me parecieron hechos de cartón, rugosos y nada hospitalarios y me resistía a abrirlos. Sentí la garganta reseca y en la cabeza me habían puesto un cerebro de un enorme tamaño que pugnaba por explotar. Intenté mover mi mano izquierda sin tener éxito; esperé un momento para recuperar aliento y lo volví a intentar logrando un rotundo avance: llevé el dedo índice hasta la punta de mi nariz y lo miré fijamente por casi diez minutos hasta llegar a la conclusión de que era mío y no un arma asesina en busca de liquidarme.
De a poco la nube que se había estacionado en mi cabeza se fue diluyendo. Me senté contra la pared y miré la habitación. Típica estancia de hotel barato, mala luz, peor colchón, horrible sanidad. Me levanté y me miré la cara en el espejo del baño para encontrarme con algo conocido pero más viejo y un poco menos lúcido. Aunque sabía que no iba a faltar nada, me palpé los bolsillos y la sobaquera. allí estaba lo que había que haber. La que me había noqueado no tenía intenciones de matarme, me había quedado muy claro anoche pero por alguna razón no me quería merodeando en su vida.
Reflexioné sobre lo que me había dicho.Tal vez era mala y la sombra de un destino se mecía sobre ella, aunque yo no lo creía. La mano negra del destino no suele ser tan contundente como una cachiporra o tres tiros a quemarropa. No iba a llegar a ninguna conclusión que sirviera de algo así que decidí volver a casa.
Abrí la puerta con suavidad pero igualmente chirrió como un gato al que le retuercen la cola. El ruido retumbó por el pasillo y terminó ahogándose en la maceta de plástico con un ficus artificial. Nada se movió. Miré otra vez hacia la cama, quizás con nostalgia, di media vuelta, cerré la puerta de un golpe y fui hacia el ascensor.

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Momentos [1]

>> lunes, 13 de octubre de 2014

Amanecer.

La suave brisa hacía mecer sin orden la tela transparente que cubría su piel, acariciándola o separándose de ella en forma alternativa. A contraluz, se podía adivinar la tersura joven de sus deseados pliegues. Como una hoja en el viento se movía sin ruido por el pasillo del departamento en dirección a la puerta. Atrás quedaba en desorden la habitación, las sábanas de algodón apenas húmedas yacían en el piso junto a una mano derecha.
La penumbra generada por la luz de la calle que ingresaba por las ventanas dejaba ver dos copas de champagne apenas vacías, un cenicero repleto junto a un par de papeles arrugados y un reguero de ropa esparcida por el suelo. Un olor picante que se ahogaba llegando a la cocina se mezclaba con el perfume de marcadas notas femeninas.
Apenas el crepúsculo matutino alargaba su agonía, el sol se hacía invasor de cada punto de sombra que la noche había regado por el suelo. Esa misma luz que teñía plácidamente de oro y sangre dejó al descubierto un solitario cuerpo, extenuado.
Su mirada no se detuvo en nada, al igual que sus pasos. Tomó sus zapatos que habían quedado junto a la mesita, las llaves del auto y el encendedor dorado y así, con su cabello suelto y su absoluto silencio abandonó la casa. 
La puerta se cerró sin pausa ni ruido.

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