Sobre cómo disfrutar el exilio

>> jueves, 29 de noviembre de 2012

No importa la cantidad infinita de horas que uno tiene que viajar para llegar. No es importante que la diferencia horaria sea prácticamente inexistente, aunque estés del otro lado del paralelo más extenso y el agua del inodoro gire hacia el otro lado. No influye que la humedad supere el cien por ciento, que la ropa sea una tela pegajosa y se adhiera porfiada a tu piel y el calor se haga sentir, inclemente.
Nunca se me ocurrió que levantarse a las seis de la mañana sea un factor que arruine la estadía; tampoco el tipo de cambio y menos el idioma, que aún siendo el castellano, resulta bastante intrincado en sus expresiones.

En ciertos lugares del planeta ocurre este extraño pero muy buscado fenómeno: no importa lo estresado que uno llegue, pareciera que los problemas viven lejos de uno. Incluso ese pariente que nos llama solamente para pedir plata o ese compañero de trabajo que no hace más que complicarnos la vida, pareciera que ya no existiesen. La mente se desplaza por un mar pleno de tranquilidad y saludable vacío; el cuerpo parece ya no pertenecernos y se deja llevar sin quejas hacia la arena, rumbo al mar.

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Psicología del transeúnte de masas

>> domingo, 18 de noviembre de 2012


En las ciudades modernas, por no decir grandes amontonamientos inexplicables de gente, la múltiple diversidad de lugares en los cuales encontrarse a un conocido es increíble: en la fila del pago fácil, en la espera del semáforo, en la góndola de los productos de perfumería del súper, en algún vagón o interno del transporte público, en el escritorio de reclamos de las compañías de servicios telefónicos y hasta a veces te los topás en la vereda del banco. Es decir, menos mal que uno nunca anda haciendo cosas reprobables, tales como pasear en horario laboral o explorando las vidrieras cuando deberíamos estar cumpliendo con nuestros deberes... En fin, sigamos.
Si este conocido ya ocupa un lugar en nuestra rutina, es fácil entablar alguna conversación, algún comentario, tal vez alguna mención a personas conocidas en común. Pero si el rostro solo nos es vagamente conocido y además, lo vemos sacado del contexto en que sí es posible su rápido reconocimiento, pueden ocurrir confusiones lastimosas y a veces dolorosas... Es por demás común decirle un nombre que no es y confundirlo con su primo o directamente pensar que es el portero cuando en realidad es el marido de una compañera de trabajo. De ahí al ridículo, cuando no a la directa metida de pata hasta el cuadril hay una centésima de segundo. En esos encuentros salen a relucir nuestros dotes de memoriosos y relacionistas, asociando parientes, recordando jefes o lisa y llanamente mintiendo acerca de cómo nos acordamos de la cena en que su sobrino se cayó de la silla. A su vez, la conversación suele ocurrir a voz en cuello por lo que se suelen recibir extraños aportes del resto de los paseantes, cosa nada agradable por cierto.
Mucha gente de los pueblos pequeños tiene la fantasía de pasear por una ciudad cosmopolita donde nadie los conozca, pasear sin tener que ir saludando a todos y asumir el anonimato de la masa, nii hablar de aquellos que salen de la mano con una pareja que no es la señora con la que dieron el "si" frente al gordo de túnica blanca y no quieren ser interrumpidos por un encuentro incómodo. Pero estas historias siempre terminan de la misma forma: siempre habrá alguien que comente: ¿A que no sabés con quién me encontré?

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Alma en recuperación

>> martes, 6 de noviembre de 2012

¿Querés saber por qué? Aunque no te guste la respuesta, ¿aún estás dispuesto a escucharla? ¿Y qué pretendés lograr con ella, una iluminación, una sabiduría superior? En fin, no son cosas mías, puedo convivir con lo que soy, con lo que me moviliza. Lo disfruto, me produce una especie de placer mundano, una sensación omnipotente, un poderío infinito.

Todo el mundo hace esa pregunta, “¿Por qué?, ¿por qué?” y estoy convencido que es un poco por envidia y otro poco por morbosidad y no tanto por preocupación o civismo educado. He detectado en muchas miradas, y no es por provocarte pero también la vi en tus ojos, la profunda curiosidad que les provoca no saber lo que es tener el poder de decidir cuándo alguien exhalará el último suspiro. No importa, están tan programados, tan embebidos de límites y prejuicios que no es posible que ocurra, no me preocuparía tanto. Lo que si te podría decir es lo interesante que resulta salir a la calle, pasear por las veredas, sentarse en bares anónimos y mirar, elegir de toda la manada quién podría ser un individuo ideal, entornar los ojos y decidir, éste si, aquél imposible, el de más allá queda en espera de otra oportunidad. La adrenalina fluye, las mejillas se me colorean, lo puedo sentir… Perdón, sé que esto no responde directamente pero tal vez estoy buscando que me entiendas. ¿Acaso la premeditación me hace un ser cruel? No sé, si le das a un ser lo que quiere, si lo que busca con insondable anhelo yo se lo proveo y lo eximo del peso de la culpa, de esa cosa ancestral que mamamos de pequeños que nos hace timoratos y débiles, no lo puedo ver como crueldad. Yo llegué a este negocio mucho por placer pero un poco por necesidad, y si llegó a ser rentable por alguna razón que escapa a mi entendimiento, bueno, eso lo explica todo, ¿no?.

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