Literatura, ficción y más ciudades [27]

>> jueves, 25 de octubre de 2012

"Esa tarde de sábado Nagasawa vino a mi cuarto y me dijo que había conseguido pases de pernoctación, que si me apetecía salir con él por la noche. Acepté. Toda la semana había estado aturdido y me apetecí acostarme con una chica, fuera quien fuese.
Al atardecer me tomé un baño, me afeité y me puse una chaqueta de algodón encima del polo. Cené con Nagasawa en el comedor y subimos al autobús en dirección a Shinjuku. Nos apeamos en la animada zona de Shinjuku San-chome y, tras vagar un rato por allí, entramos en el bar de siempre y esperamos a que se acercaran unas chicas que nos gustaran. Aquel local se distinguía porque lo frecuentaban grupos de chicas solas, aunque esa noche no apareció ninguna. Estuvimos allí unas dos horas bebiendo whiskies con soda para permanecer sobrios. Dos chicas con cara de simpáticas se sentaron en la barra y pidieron un Gimlet y un Margarita. Raudo y veloz, Nagasawa se les acercó, pero ellas ya habían quedado con otros. A pesar de ello, estuvimos un rato hablando con ellas distendidamente, hasta que llegaron sus chicos y nos abandonaron.
Nagasawa me propuso probar suerte en otro sitio y me llevó a un pequeño bar apartado de las calles principales, donde la mayoría de los clientes ya estaban borrachos y armando alboroto. En la mesa del rincón había tres chicas sentadas; nos fuimos hacia ellas y nos pusimos a hablar los cinco. La atmósfera era agradable. Todos estábamos de muy buen humor. Pero cuando les propusimos ir a tomar la última copa, ellas dijeron que tenían que marcharse porque les cerraban el portal. Las tres vivían en una residencia femenina. Volvimos a cambiar de local, pero no resultó. Por una u otra razón, aquella noche no tuvimos éxito con las chicas."

Tokio Blues (Norwegian Wood) - HARUKI MURAKAMI

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Crónica de un hallazgo

>> jueves, 11 de octubre de 2012

           Hubo un día en que decidí que la ociosidad en la cual vivía inmerso no era una buena perspectiva para nadie (aunque podría sentarme a discutirlo) y concreté mi inscripción como ingresante a una carrera universitaria, aunque a los pocos segundos de haber tomado ese rumbo de vida lamenté las horas de sueño y modorra que ya no tendría. A rigor de verdad, lo único que cambié fue la posición, ya que en la universidad hubo algunas clases que competían en efectos soporíferos con el Melatol o el Prozac… Pero no nos desviemos del tema principal, quedémonos con la mente tratando de recrear este momento, un último intento de la lucha del hombre (fracasada por cierto) por detener el paso del tiempo, un individuo ya iniciado en la vida mezclado entre una muchedumbre de jóvenes que apenas abandonaba la adolescencia.
En ese escenario se dio comienzo al curso de ingreso, un dechado de pedagogía tercermundista de tres semanas de duración, con matices varios de bibliografía novedosa y mucho gasto innecesario de dinero. Rápidamente, el instinto de conservación de la raza hizo que los especimenes similares se agruparan, evitando así el peligro que entraña el distinto. A pesar del esfuerzo genuino de los coordinadores al momento de organizar pequeñas actividades lúdicas de presentación, los tímidos seguían siendo tímidos y los más extrovertidos copaban la escena.           
En cuanto al curso en sí, había cuatro comisiones en distintos horarios y lugares, cada uno con su grupo de docentes con la responsabilidad de enmendar todas las falencias educativas de doce años de sistema educativo en nueve encuentros de tres horas. Desde una guía de lectura que tenía una lista interminable de preguntas hasta un capítulo de Cortázar fueron desafíos incuestionables; desde una charla con los futuros profesores hasta la redacción de un artículo fueron escollos a superar. En medio de todo eso estaban Carlos y Patricia, dos voluntariosos con alma de remeros; es que nuestra comisión era bastante lamentable y los chicos le ponían mucha pila. Hasta un poema de Lugones nos leyeron para aclarar una frase…
La cuestión se encamina un día en que, luego del repetitivo “Soy Fulano, tengo X años y soy de Tal lado” y el fin de los juegos, cruzo mi trayecto de vuelta a casa con Carlos, quien también regresaba caminando al centro de la ciudad. Desde la facultad hasta la salida de la universidad son aproximadamente cuatrocientos metros en los cuales al mediodía de un verano cualquiera se te abrasan los sesos en cuestión de segundos ya que la sombra brilla por su ausencia. En ese recorrido resumí mi desde ya breve historia y al cabo de eso, él me pidió si no le enviaba una reseña de mis vastas habilidades y experiencias. Cómo no, fue mi respuesta, apurando el paso hacia el ciber con la idea de imprimir un par de currículos.
Resultado de eso, pasadas tres semanas, fueron dos llamados para sendas entrevistas. Y de allí un nuevo llamado para concretar mi flamante incorporación a un staff repleto de mujeres. Cabe resaltar que las personas consultadas para obtener mayor información sobre mi persona han sabido mentir convenientemente aumentando mi nivel a primo segundo del hijo de dios, haciendo imposible la tarea de no contratarme.
Esto recién empieza y yo soy un tipo honrado: si alguien reclama, soy capaz de devolverle lo que encontré y dedicarme a hacer trencitas hawaianas en la plazoleta de El Bolsón. Este hallazgo no hizo más que confirmar una frase que escuché varias miles de veces desde que dije que me venía “para el sur”, aunque el resultado se me demoró bastante. Si alguien decide venirse, no haga nada de lo que yo hice. No es buena idea. Mejor quédese donde está, para qué molestarse, el esfuerzo y las penurias no se ven minimizadas por la recompensa.
Ah, otra cosa. Además de honrado soy agradecido. Flor de botella de tinto se va a ligar Carlitos. Se la merece.

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Crisis emocional

>> jueves, 4 de octubre de 2012

Hay veces que paso de largo. Esas veces voy apurado, con cosas en la cabeza, tal vez hasta llegando un poco tarde al trabajo. Pero en general aminoro el paso, me hago el ocupado en mis pensamientos y hasta simulo escribir un mensaje de texto en el celular. Y tiene lugar el acto...

La escena es siempre la misma. El auto estaciona frente a la guardería de niños, se bajan una mujer y una niña con la intención de ingresar al establecimiento del cual emerge otra mujer con delantal y camperita de hilo. Primero son algunas lágrimas tímidas que bañan las mejillas, los brazos siempre extendidos como buscando refugio, luego empiezan los gimoteos y las palabras que apenas se entienden, ahogadas por el llanto que empieza a ser más ruidoso y por los mocos que asoman por la nariz; la señorita del establecimiento intenta con suaves palabras pero firme tono de voz convencerla de que es lo mejor, que no pasará nada, que más tarde se podrán reencontrar y jugar juntas y otros argumentos que varían de acuerdo a la imaginación de la docente. De a poco va dejando el refugio, el hombro de la docente y ya más calmada recibe ayuda para limpiarse la nariz y secarse las lágrimas, hipando con un poco de vergüenza y mirando por el rabillo del ojo, agradece y se sube al auto rápidamente.

Su hija, testigo de la escena, corre rauda y feliz al interior del jardín para encontrarse con sus amigos.

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