Aventuras de fin de semana largo

>> lunes, 23 de abril de 2012

1- El café tomaba temperatura de a poco sobre la cocina a leña; el olor exquisito a pan casero se esparcía incluso hasta la planta alta donde dormían los demás. La casa ubicada en la esquina frente a la terminal de ómnibus despertaba de a poco de su letargo, unos armando sus bolsos, otros preparando el mate.

2- Por la ventana entraba un viento frío que venía del lago que helaba la cocina de la cabaña; ya se sentía en todo su esplendor el otoño cordillerano, en las mañanas frías de cielos despejados y árboles amarillentos. Ella lo miró, la espalda contra el edredón y los ojos cerrados. Se levantó lentamente, tratando de no hacer ruido, buscó sus cosas y sin despedirse, salió en dirección al cerro.

3- Ni bien ella entró en el salón, lo vio conversando con sus compañeros, enérgico y bien plantado, con ese aura de seguridad masculina que la dejaba muda. Buscó entremezclarse entre los corredores que animadamente comentaban la carrera, pero no hubo nada que hacer, él ya la había visto y caminaba en cámara lenta hacia ella. Se le paralizó el corazón, se le llenó el corazón de vergüenza y su rostro se puso rojo al instante.


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Mitología de la cotidianeidad accidentológica

>> miércoles, 18 de abril de 2012

El ojo luminoso, único y fugaz me amenazaba con su mirada, me juzgaba y se venía inexorablemente en animosa cadencia sobre mí. Al mismo tiempo una letanía encantaba mis oídos y paralizaba mis músculos, en una monótona frecuencia. El volúmen, apenas audible al principio, se iba haciendo cada vez más fuerte, amordazando los tímpanos, acallando mi garganta muda, invadiendo esa única frecuencia sónica. Con increíble velocidad el cíclope avanzó desde el fondo de su guarida, rodeado de sombras, sólo guiado por la locura ciega de su único ojo brillante y en un instante estuvo a mi lado, apabullante su luz, intoxicante su aliento, insoportable su voz. Y cuando parecía que el gigante mitológico mostraría su rostro inmundo, porque más cerca no podía llegar sin revelarse, sentí que una zarpa impactaba contra mi brazo, con dureza de metal, haciéndome caer contra el piso, mientras que el que manejaba la moto volaba hacia el cordón de la vereda.

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Literatura, ficción y más ciudades [25]

>> miércoles, 11 de abril de 2012

Segunda parte

Él había sido el único que había salido esa mañana. Iba a mear entre la nieve cuando escuchó ruido de motores y pensó que tal vez se produciría otra Gran Atracción. En el cielo se estaba formando un agujerito de nubes y ya asomaba una mancha azul. Recuerda que buscó un arco iris al este, al sur, al norte y al oeste y no vio nada. Recién se terminaba el amanecer de la isla. Prendió un cigarrillo y caminó hasta la cima del cerro. Meó. Seguía oyendo el zumbido de los motores lejos. Entendió que esa era la última o la penúltima mañana y no le importó alejarse un poco de la pichicera: podría volver cuando quisiera porque ya a nadie le interesaría conocer la entrada del lugar. Se sentó a esperar, escuchando motores. El ruido aumentaba, pero después de unos minutos se interrumpió de golpe. Sería otra cosa de aquella guerra sin explicación.
Siguió fumando: prendió otro cigarrillo con la brasa del primero. Entonces llegaron unos soldados argentinos muertos de sueño. Volvían de rendirse, rechazados. Habían tocado un destacamento inglés a un lado de la estancia de Gilderdale y los de guardia no los quisieron recibir.

Los pichiciegos - FOGWILL

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En todas las ciudades hay veredas rotas

>> sábado, 7 de abril de 2012

Siempre supe que esa niña me rompería el corazón.
Desde la lejanía de su mirada esquiva, desde la inocencia de su vestido con volados, ella estaba destinada a hacerme daño. Caminando bajo los tilos de la rambla rumbo al centro con sus amigas, esquivando las veredas rotas de la plaza, a la hora de la siesta o en la pileta, mirando con desdén las zambullidas mortales que nosotros intentábamos en los trampolines solamente para impresionarla.
Buscándola, me pasaba el día yendo al parque, evitando a mis amigos y sus bromas pesadas.
Otras veces, de tarde, caminaba con el sol en la espalda por baldíos y calles con adoquines, acortando la distancia que había entre su casa y la mía; pasaba frente a su puerta y sin animarme a golpear, seguía de largo hasta la radio para dedicarle esa canción que bailamos alguna vez.
Pasó el tiempo, me humillé de mil maneras, incluso llegué a rogarle y ella, divertida y mirando hacia otro lado, rió con sus voz de cascabeles sin decir nada.
Tropecé con una baldosa suelta de una vereda rota; miré hacia atrás y vi que ocultaba una sonrisa tras su mano. Salí corriendo avergonzado sabiendo que jamás la tendría.

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