Otras ciudades [25]

>> lunes, 30 de enero de 2012

Viedma (RIO NEGRO)

Durante la gestión anterior, en la que me desempeñaba como Director de Turismo, tuve la suerte de viajar recorriendo la gran mayoría de distritos turísticos que formaba parte de un gran consorcio turístico; el trabajo que siempre se llevaba a cabo por la mañana, dejaba tiempo para otro tipo de actividades durante el horario vespertino. En esta ciudad, me alojé por dos días en casa de una amiga que había conocido en la universidad, durante mis años de estudiante, y ella me llevó a un paseo en catamarán por el río. La vista de la ciudad desde el río es increíble, le da al trabajo humano de fundar y levantar una población otra perspectiva, diferente totalmente de aquella que uno percibe cuando se caminan las calles. Pasar por debajo del puente ferrocarretero, percibir esa obra de ingeniería increíble, perderse entre las islas que forman una intrincado barrio acuático. Darse cuenta que el río tiene una fuerza potencial, notar que bajo los pies fluye inquieta una marea que va de orilla a orilla, rebotando entre juncos y bancos de arena.
También tuve la oportunidad de dirigir el destino de aquellos incautos que sin saberlo compartían mi misma dirección.


Esta tarea, la de responsabilizarse por los futuros de numerosos desconocidos, es difícil y requiere de mucho talento y mucha muñeca, de mucho tacto y sobre todo mucha visión.
No todos tienen la suerte de ser dirigidos por este capitán.

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Dos ideas, una relación

>> martes, 24 de enero de 2012

De pronto, y sin previo aviso, se me iluminó el semblante. No había ninguna razón para explicarlo, no hubo ningún factor externo que me arrastrara a pensarlo de esa manera. Aunque mi rostro inclinado sobre el lavamanos, los labios y los dientes blancos de la espuma que genera la pasta dental eran un claro indicio.

Había tenido una sospecha, dos ideas inconexas que me hacían mucho ruido en la cabeza cada vez que por separado se me aparecían sin avisar y nada me hacía pensar que pudieran estar relacionadas. Cada vez que iba al kiosco y los veía en la caramelera, cada vez que iba al supermercado y veía esa caja rectangular , todas las veces, una y otra vez, lo sospechaba por separado aunque no los imaginaba juntos en una ecuación.

Hay mucha gente que piensa que los caramelos Media Hora son feos, casi incomibles; el resto los defiende. No se pueden tener posturas intermedias en este tópico. Se han escrito muchos caracteres con argumentos a favor y en contra pero, y esto es lo más sorprendente, nadie se ha detenido a hacer una descripción, una sencilla comparación para arrimar siquiera a saber qué gusto tienen esos caramelos.

Mirándome al espejo, la boca llena de pasta dental Odol, todo se hizo más claro: ¿nadie se dio cuenta que tienen el mismo sabor?




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Estoy delirando...

>> miércoles, 18 de enero de 2012

Estoy acostado en mi cama, los opacos rayos del sol entran pidiendo permiso por entre las nubes de un cielo gris, las sábanas tiemblan al ritmo acelerado de mi corazón.
Pienso en todos los sentimientos que mi corazón ha sentido, en todos los rostros pasajeros que mis manos han acariciado, mi memoria toda se recrea de gráciles recuerdos, imborrables palabras, ásperos abrazos traicioneros, agradables momentos vividos.
Recordar es un lindo ejercicio que desempolva en la memoria los hermosos ratos que nunca debemos olvidar; recordar mantiene joven el espíritu al mismo tiempo que nos facilita la adquisición de experiencias y conocimiento.

Estoy sentado en una silla mirando por la ventana mientras la música invade mis oídos en suaves arrebatos de ritmo muy controlado.
Pienso en todas las personas que a lo largo de mi existencia han respirado el mismo aire que yo, han caminado sobre las mismas huellas y han corrido junto a mi tras una meta en común sin más recompensa que la satisfacción personal.
Recordar a veces exalta el ánimo proponiéndonos continuar y desafiandonos a hacerlo más adelante y comparar nuestros recuerdos una y otra vez.

Estoy parado con las manos en los bolsillos, el suave viento meciendo mi cuerpo, observando como el sol de verano lucha contra las nubes que le impiden esparcer su luz sobre la tierra.

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Cuando el cerro me salvó la vida

>> jueves, 12 de enero de 2012

Era un lugar mágico, se veía increíble desde la cima del inacabado cerro. Allí, cerca de la ciudad, podías trasladarte a cualquier lugar que quisieras, sólo con la mente... La visión abarcaba todo el mundo, o por lo menos esa era la sensación. Podías imaginar cómo el globo se iba doblando como succionado por un poderoso centro de gravedad, curvándose hasta cerrarse sobre sí mismo y plegarse en el otro lado. El viento que allí hay en forma permanente completa la fortaleza de los poderes naturales arrastrándote hasta el borde y obligándote a aferrarte a las rocas para no caer. Los árboles tachonan el faldeo del cerro y las planicies en oscuros montes siniestros. Los cables de acero que apuntalan las gigantescas antenas, forzados por el aire en movimiento, crean sonidos lúgubres, con una deprimente cadencia que hiela la sangre. Al este, bien en la lejanía, casi cayéndose del cuadro, reposaba tranquilamente el desvelo de mis noches de verano. Aquel inaccesible cerro me turbaba los sueños, se metía en mis conversaciones, creaba un desconcierto que yo no podía controlar y una angustia me invadía cada vez que lo miraba, cada vez que lo pensaba.
Es un espectáculo que no cansa la mirada pues tiene esa originalidad que es única en la naturaleza. Sólido contra el azul frío del cielo, perdido entre las nubes de algodón, oculto tras las tormentas de verano, coronado por la neblina de la mañana, estoico en lucha con el viento. A veces, desde la ruta que lo bordea por el sudoeste, se lo puede ver, flanqueado por su hermano menor, marcando su orgulloso perfil e imponente en su altura. Yo lo veía y no sabía darme cuenta qué era lo que me quería decir...
Un día de febrero, de esos en que uno está de mal humor, que perdés la paciencia al menor comentario inocente y que todo te cae mal, a eso de las dos de la tarde, me fui a limpiar el lava-pié en la entrada de la pileta riñón, para no tener que soportar los comentarios sarcásticos de Mirta, una simpática mujer que desde hace tres años dirige a su gusto el balneario municipal, aunque es justo decir que no lo hace del todo mal. Al bajar la escalera, se me ocurrió que nunca lo había entendido porque su mensaje no me llegaba, no lograba establecer contacto. Necesitaba encontrar una forma de calmar la inquietud en que me encontraba y pensé que la mejor manera de hacerlo era enfrentarme a él, y vencerlo. La temporada de los natatorios terminaba el fin de semana previo al comienzo de clases, por lo que el momento ideal era en Semana Santa. No había otra, estaba decidido. Por entre medio de las ramas del parque, el cerro me esperaba, sin inmutarse.
Siempre es difícil desprenderse de las cosas aunque no sean más que eso, meros objetos. Pienso que debe ser que nos recuerdan momentos, vivencias o los consideramos una especie de amuleto para la suerte. Así fue que tuve que vender ciertos elementos de valor sentimental para comprar todo lo necesario, desde la mochila y la ropa más todo el equipamiento básico y alguna que otra cosa superflua pero que a los ojos del vendedor eran indispensables para que no muera lenta y dolorosamente en la aventura. El tiempo se me fue en preparativos, desde conseguir el permiso del dueño del campo, hasta alguna carta topográfica, sabios consejos de gente que había subido y todo tipo de recomendaciones útiles. Intenté la compañía de un amigo; no podía, era el cumpleaños de su novia. Una semana antes estuvo todo listo y yo, dominado por la impaciencia, dormía muy mal, andaba distraído y nervioso en el trabajo y dos veces estuve a punto de suspender la excursión porque el pronóstico del tiempo daba lluvias y tormentas para el fin de semana.
Cada vez era más claro el mensaje, se iba formando en mi cabeza, tenía forma, empezaba a saber cuál era el motivo, me golpeaba con fuerza, me provocaba un desconcierto sin control; un temor indefinido se me instaló firme en los huesos, una especie de incertidumbre comenzaba a invadirme. Todas estas sensaciones, el malestar físico que se hacía insoportable, el frío que me azotó en todo momento, todo desapareció cuando en un último paso, esforzado movimiento, me aferré con una mano a la gran antena y después de apoyarme con firmeza sobre los pies, levanté la vista y disfruté del mejor paisaje que la naturaleza puede ofrecer a los ojos de un ser viviente.

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Obsesión de colección

>> domingo, 8 de enero de 2012

Entró en el bar como todos los domingos, con sus anteojos colgando sobre su vientre ya prominente, sus canas desarregladas sobre la cabeza y la vista obsesiva recorriendo las mesas del local. Todos lo miraron de reojo, ansiosos porque se acercara pero sin demostrar demasiado interés, eso lo ahuyentaría.
Los coleccionistas del Parque y del bar ya lo conocen desde hace mucho tiempo, hijo de un matrimonio adinerado y sin necesidad de trabajar para mantenerse, se pasa su infinito tiempo libre husmeando los puestos de antigüedades en busca de algo que aún no posea. Sin criterio y sin noción, acumula objetos y los guarda en su casa; colecciona postales, revistas, llaveros, monedas, estampillas, cartas viejas y cualquier otro artículo que pueda tener algún valor. No apela al canje, no quiere desprenderse de nada, compra y a veces pagando más de lo que realmente vale, con tal de hacerse de ese objeto.
Pocos amigos ostenta. Me atrevería a decir que ninguno tiene ese título, aunque muchos se hacen pasar por tales para aprovecharse y obtener alguna ventaja. Los maledicentes dicen que su casa, una mansión antigua sobre la avenida, tiene cuatro habitaciones repletas de sus compulsivas colecciones, algunas en estantes, la mayoría dispuesta en cajas con rótulos manuscritos o directamente apoyadas en el piso.
Hoy lo vi, voló rasante sobre los puestos y se fue directamente al bar. Salió una hora más tarde con las manos repletas de sobres y dos bolsas llenas de cosas indefinibles que irán a engrosar sus colecciones. Tal vez lo vaya a ver algún día, tengo unas revistas que le podrían interesar.

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Paranoia

>> miércoles, 4 de enero de 2012

Ya sospechaba algo extraño, su forma de ser suspicaz, siempre cuestionadora, le hacía pensar y hacer intrincadas relaciones de cosas, pequeños detalles que en apariencia no tenían nada que ver que terminaban siendo parte de un gran complot.
Primero, el hecho de que no pudiera volverse a su casa, no entendía cuál era el motivo injustificado que lo impedía, era como si quisieran retenerlo cerca de esa ciudad. Luego, era muy sospechosa la ubicación pero sobre todo la categoría del hotel donde los habían alojado; es decir, no era coherente que si lo enviaban a hacer un curso de un software nuevo para ahorrar costos, le pagaran a todo el staff un 5 estrellas a todo lujo en pleno centro. Pero lo que le activó la alarma de la paranoia era que frente a la sede donde se dictaba el curso estaban ni más ni menos que las oficinas ejecutivas de la principal empresa competidora. No podía considerarse ese hecho como una simple coincidencia.
Empezó a preocuparse. Dudaba de los choferes que día tras día los pasaban e incluso de los empleados del hotel; llegó a esconder sus papeles y hasta su ropa sucia en la caja fuerte de la habitación. Y ni hablar de los capacitadores, esos seres con sonrisa eterna y predispuestos a responder toda clase de preguntas; anotaba lo que decían y cada palabra era un indicio de que había algo oculto tras esa fachada de sabiduría.
El día que dejó de andar el aire acondicionado realmente se preocupó. Distraído, perdía el hilo de lo que se decía dentro del salón, salía cada diez minutos al baño y miraba con celo a la secretaria. En una de esas salidas, se deslizó a la sala del coffee-break y no pudo abrir la puerta. La golpeó, primero tímidamente y luego un poco más fuerte; se dio cuenta que había alguien empujando la puerta desde adentro. Se le aflojaron las piernas y la cabeza se convirtió en un torbellino de miedos.
Del apuro se dejó en el aula su mochila con sus cosas e incluso en el hotel no le quisieron entregar una nueva llave para ingresar a la habitación. Tomó un taxi en la esquina y se fue sin cambiarse la remera.

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